El silencio del juzgado número 7 era tan denso que se podía cortar con cuchillo. Yo, Emilia Navarro, estaba sentada con la espalda recta, vestida de negro riguroso, mientras mi todavía esposo, Tomás Herrera, y su amante, Sofía Vega, ocupaban la mesa contraria con sonrisas de vencedores anticipados.
Tomás se inclinó hacia el micrófono y soltó su frase estrella, alzando la voz para que todo el mundo la oyera:
—Su Señoría, quiero que quede constancia: ¡ella nunca volverá a tocar un solo euro de mi herencia! ¡Ni uno!
Sofía soltó una carcajada teatral y le apretó la mano.
—Exacto, cariño —susurró lo bastante alto para que yo lo oyera.
El juez Morales, un hombre de sesenta años con fama de implacable, ajustó sus gafas y anunció:
—Antes de continuar, revisaré las declaraciones selladas de ambas partes. Comienzo por la carta de la señora Navarro.
Tomás le guiñó el ojo a Sofía, murmurando: «Va a ser un drama lacrimógeno precioso».
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