Sofía se llevó la mano a la boca. Tomás se dejó caer en la silla como si le hubieran dado un puñetazo.
El juez continuó:
—La señora Navarro aporta pruebas irrefutables de infidelidad continuada desde 2021: mensajes, extractos bancarios de hoteles, incluso un video de seguridad del apartamento que el señor Herrera alquiló para la señorita Vega… pagado con la tarjeta vinculada al fideicomiso.
Yo había contratado a un detective privado durante ocho meses. Cada cena romántica, cada fin de semana “de trabajo”, cada regalo caro a Sofía… todo documentado.
El juez siguió leyendo:
—Además, la cláusula número 17 del fideicomiso estipula que, en caso de intento de ocultación o transferencia fraudulenta de los fondos, el beneficiario deberá abonar el triple de la cantidad como sanción. Señor Herrera, usted transfirió 1,8 millones a cuentas en Islas Caimán el año pasado creyendo que nadie lo descubriría.
Tomás empezó a temblar.
—P-pero… ¡eso es imposible! ¡Mi abogado revisó todo!
—Su abogado no sabía de la existencia del fideicomiso —intervine por primera vez, con voz serena—. Porque usted nunca se lo contó. Pensó que era solo una herencia directa. Pero su tía Carmen odiaba a los infieles. Me conoció, le caí bien… y decidió protegerme.
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