Yo, en cambio, usé parte del dinero para crear la Fundación Carmen Herrera, que ayuda a mujeres víctimas de violencia económica y traición en matrimonios ricos. El resto lo invertí sabiamente: compré un ático con vistas al mar en Valencia, viajé por Europa, retomé mi carrera como diseñadora gráfica (algo que Tomás siempre menospreció) y, sobre todo, volví a reír de verdad.
Un año después del juicio, recibí una carta manuscrita de Tomás desde su pequeño apartamento:
«Emilia, cometí el peor error de mi vida. ¿Podríamos al menos tomar un café? Te echo de menos.»
La tiré a la basura sin abrirla del todo.
Hoy, cuando soplo las velas de mi cumpleaños 35, lo hago rodeada de amigos de verdad, en mi casa llena de luz, con mi negocio floreciendo y una paz que nadie me podrá quitar jamás.
A veces pienso en aquella tarde en el juzgado, en la cara de Tomás cuando el juez se rió, en cómo creyeron que me tenían acorralada… y sonrío y brindo en silencio por la tía Carmen, dondequiera que esté.
Porque la mejor venganza no es destruir al enemigo.
Es construirte tan alto, tan brillante y tan feliz que tengan que entrecerrar los ojos para mirarte.
Y yo, Emilia Navarro, estoy brillando más que nunca.
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