Daniel abrió la carpeta y empujó los documentos hacia el centro de la mesa. Había informes médicos, correos impresos, fotografías, actas notariales. Mi cuñado tomó una hoja. Mi suegro otra.
Las risas desaparecieron.
Las copas quedaron suspendidas en el aire.
El color se fue del rostro de Margaret.
—Esto… esto no debería estar aquí —murmuró.
Daniel la miró por primera vez esa noche.
—Llevas nueve años asegurándote de que Emily se sienta menos. Ya es suficiente.
Yo no sabía aún qué contenían esas páginas.
Pero supe, por la forma en que nadie se atrevía a hablar, que nada volvería a ser igual.
Fui leyendo los documentos mientras la mesa permanecía en un silencio antinatural. Mi corazón latía con fuerza, como si cada página fuera a estallar entre mis manos.
El primer informe era médico. Fechado nueve años atrás, en un hospital privado de Madrid. El nombre de mi esposo aparecía repetidamente. Diagnósticos. Tratamientos. Una palabra subrayada varias veces: infertilidad irreversible.
Levanté la vista hacia Daniel, confundida.
—¿Esto qué es…?
—Sigue leyendo —dijo él, con voz grave.
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