En plena cena de Navidad, mi suegra alzó su copa y sonrió: “Estoy orgullosa de todos mis nietos… excepto de uno”. Luego señaló a mi hija de nueve años.

Margaret no respondió.

—¿Sabes qué es lo peor? —continuó Daniel—. No es que nunca la quisieras. Es que intentaste quitármela.

El último bloque de documentos lo confirmó todo: una demanda fallida, presentada años atrás, donde Margaret había intentado demostrar que Daniel no era apto para la paternidad. Había perdido el caso. Yo nunca supe nada.

Sentí náuseas.

—La humillación de hoy —dijo Daniel— fue solo el último intento de hacerla sentir que no pertenece a esta familia.

Emily levantó la cabeza.

—Papá… ¿yo hice algo mal?

Daniel se arrodilló frente a ella.

—Tú hiciste todo bien. Siempre.

Margaret se derrumbó en la silla. Ya no había soberbia en su rostro. Solo miedo.

—Yo solo quería que mi hijo tuviera una familia “de verdad” —susurró.

Daniel se puso de pie.

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