Le dijeron que se fuera.
Sin chaqueta. Sin teléfono. Solo una bolsa de regalos de Navidad y una advertencia de que buscara otro sitio si no le gustaban las reglas. Los vecinos observaban desde detrás de las ventanas cómo Lily caminaba por la calle, confundida, sollozando y completamente sola.
Veinte minutos después, sonó mi teléfono.
"¿Evan?", susurró. "¿Puedo ir contigo?".
La llamada se cortó antes de que pudiera decir nada más.
No grité al llegar a casa. No discutí ni exigí explicaciones. Encontré a Lily en una gasolinera a tres kilómetros de distancia, con las manos rojas de frío y la cara pegada a mi abrigo. Se durmió en el coche, aún con la bolsa de regalo en la mano como prueba de su importancia.
En mi apartamento, preparé chocolate caliente, la arropé y esperé.
Mis padres nunca llamaron.
Fue entonces cuando algo en mí cambió. Dejé de verlos como figuras de autoridad y empecé a verlos como personas que habían tomado una decisión deliberada. Y las decisiones tienen consecuencias.
Abrí mi portátil. Extractos bancarios. Registros de propiedad. Documentos comerciales. Cosas que conocía bien; había ayudado a mi padre con ellas durante años, sin cobrar y sin cuestionarlas.
Todavía no estaba enfadada.
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