La puerta de la sala de cirugía se cerró con un golpe seco. Patricia llevaba 23 años como enfermera, pero nunca había visto algo así. Acababa de escuchar al hijo. Traje de $3,000, reloj que costaba más que su casa. Decirle al médico que no autorizaba la operación. Es demasiado dinero para alguien de su edad, había dicho mirando su teléfono. Su madre, doña Mercedes, estaba ahí en la camilla despierta. Escuchando cada palabra. Los ojos de la anciana se habían llenado de lágrimas, pero no había dicho nada, solo había girado la cabeza hacia la ventana.
Patricia sintió algo quebrarse en su pecho. Miró a la mujer, pelo blanco, manos arrugadas aferradas a la sábana y luego al hijo que ya caminaba hacia el elevador mientras hablaba por teléfono, riendo sobre una inversión. Patricia cerró los ojos y respiró hondo. Cuando los abrió, ya había tomado una decisión. Una decisión que costaría todo lo que tenía. Una decisión que ese hombre jamás olvidaría.
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