Ella me quitó a mi padre. Me quitó 18 años de recuerdos y ahora espera que yo la cuide, que le pague todo como si no hubiera pasado nada. Patricia tragó saliva. La historia era más compleja de lo que pensaba, pero aún así entiendo que está enojado dijo Patricia con cuidado. Pero ella sigue siendo su madre y está sola y vieja y necesita ayuda. Roberto la miró con ojos duros. ¿Por qué debería ayudarla después de lo que me hizo?
Patricia se inclinó hacia adelante. Porque usted es mejor persona que ella, porque la venganza no llena vacíos. Solo crea más. Roberto negó con la cabeza. Fácil decirlo cuando no es su vida. Patricia sintió algo explotar dentro de ella. Fácil. Le parece fácil. Yo acabo de hipotecar 5 años de mi vida para salvar a su madre. No tengo su dinero, no tengo sus lujos. Tengo una hija que mantener y un salario que apenas alcanza. Pero supe que no podía vivir conmigo misma si dejaba que esa mujer sufriera.
Roberto la miró fijamente. Había algo en sus ojos. Admiración, ¿vergüenza? ¿Por qué lo hizo? Patricia pensó en su propia madre en las noches que había trabajado limpiando oficinas para que ella pudiera estudiar, en las manos agrietadas, en la espalda doblada, porque mi madre hizo lo mismo por mí y yo le prometí que si algún día podía ayudar a alguien como ella, lo haría. Hubo un largo silencio. Roberto miraba el suelo. No sé si puedo perdonarla, dijo finalmente.
Patricia asintió. No le pido que la perdone, le pido que no la abandone. Roberto se puso de pie. Voy a pagarle lo que gastó cada peso. Patricia también se levantó. No quiero su dinero. Roberto sacó su chequera. No es negociable. Usted no tiene por qué cargar con esto. Patricia sintió orgullo mezclado con alivio. Orgullo porque no había hecho esto por dinero. Alivio porque Dios necesitaba ese dinero. Está bien, dijo finalmente, pero con una condición. ¿Cuál? Preguntó Roberto.
Que vaya a ver a su madre. No tiene que quedarse mucho. No tiene que perdonarla. Solo vaya. Hable con ella. Ella pregunta por usted. Roberto cerró los ojos y respiró hondo. Está bien, iré, escribió el cheque y se lo dio a Patricia. Ella lo tomó con manos temblorosas. 100,000 pesos su salvación. Gracias, susurró. Roberto asintió y salió de la sala sin decir más. Patricia se quedó ahí sosteniendo el cheque, sintiendo que acababa de vivir algo que no entendía completamente.
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