Enfermera vio millonario negar cirugía de su madre para ahorrar. Lo que ella hizo dejó el en shock…

Roberto Mendoza no era el monstruo que había imaginado. Era un hombre roto, un hombre que cargaba dolor. Pero eso no justificaba abandonar a su madre. Nada lo justificaba. Patricia guardó el cheque en su bolsillo y volvió a su trabajo. Tenía pacientes que atender, vidas que cuidar y ahora una deuda menos que la ahogaba. Esa noche, cuando llegó a casa, Sofía estaba haciendo tarea en la mesa del comedor. “Mamá, ¿estás bien?”, preguntó al verla. Patricia sonrió. “Sí, mi amor, estoy bien.” Se sentó a su lado y sacó el cheque.

Lo miró durante un largo rato. 100,000 pesos. la misma cantidad que había pedido prestada, como si el universo hubiera hecho un balance perfecto. “Mamá, ¿qué es eso?”, preguntó Sofía. Patricia dobló el cheque y lo guardó. “Un milagro, hija, un pequeño milagro.” Al día siguiente, Patricia fue al banco y pagó el préstamo completo. El gerente la miró con sorpresa. “¿Ya pagó todo?” Patricia asintió. “Tuve suerte. ” El gerente sonríó. Señora Patricia, usted no necesita suerte. Usted tiene algo mejor, un corazón enorme.

Patricia salió del banco sintiéndose más ligera, como si se hubiera quitado un peso de encima, pero sabía que esto no había terminado. Roberto había dicho que iría a ver a su madre y esa conversación cambiaría todo. Dos días después, Patricia entró al turno de la mañana. Al pasar por la habitación de doña Mercedes, vio que la puerta estaba cerrada. Se acercó y escuchó voces. Una era de doña Mercedes, la otra era de Roberto. Patricia se quedó paralizada.

No quería espiar, pero tampoco podía moverse. ¿Por qué viniste?, preguntaba doña Mercedes. Pensé que no querías verme más. La voz de Roberto sonaba cansada. Vine porque alguien me hizo ver que que no puedo seguir así. Así, ¿cómo? Preguntó doña Mercedes. Roberto tardó en responder, “Odiándote.” Hubo un silencio largo. Luego doña Mercedes habló con la voz quebrada. Yo no te quité a tu padre, hijo. Yo te protegí de él. Roberto soltó una risa amable. Protegerme mintiéndome durante 18 años.

Doña Mercedes comenzó a llorar. Tu padre no era el hombre que te contó ser. Él tomaba, llegaba borracho, me golpeaba. Y cuando naciste tuve miedo de que te hiciera daño. Patricia sintió un nudo en el estómago. Esto era demasiado privado, demasiado doloroso. Debía irse, pero sus pies no se movían. Él me dijo que cambió, decía Roberto, que dejó de tomar. Doña Mercedes soyosó. Yo no lo sabía, hijo. Cuando él apareció buscándote, yo tenía tanto miedo que solo pude pensar en mantenerte lejos.

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