Enfermera vio millonario negar cirugía de su madre para ahorrar. Lo que ella hizo dejó el en shock…

Sé que me equivoqué, sé que te mentí, pero lo hice porque eres lo único que tengo, lo único que me importa. Hubo un largo silencio. Luego Patricia escuchó algo que no esperaba. Roberto llorando. No sé cómo perdonarte, decía entre soyosos. No sé cómo olvidar todo este tiempo perdido. Doña Mercedes hablaba entre lágrimas. No te pido que olvides. Solo te pido que no me odies, que me dejes estar en tu vida aunque sea un poco, aunque sea de lejos.

Patricia escuchó pasos acercándose a la puerta. Rápidamente se alejó y fingió estar revisando un expediente. Roberto salió de la habitación con los ojos rojos. Al ver a Patricia se detuvo. ¿Estaba usted escuchando? Dijo. No era una pregunta. Patricia bajó la mirada avergonzada. Lo siento, no era mi intención. Roberto negó con la cabeza. No importa. Igual ya todos en este hospital deben saber que soy un mal hijo. Patricia lo miró. Yo no creo que sea un mal hijo.

Creo que es un hijo herido. Roberto la miró durante un largo momento. Gracias por lo que hizo, no solo por pagar la cirugía, por hacerme venir, por obligarme a enfrentar esto. Patricia asintió. Va a volver a verla. Roberto miró hacia la puerta de la habitación. No lo sé. Necesito tiempo. Necesito pensar. Patricia puso una mano en su brazo. Está bien, pero no tarde demasiado. El tiempo es lo único que no se puede recuperar. Roberto asintió y se fue caminando por el pasillo con los hombros caídos.

Patricia entró a la habitación de doña Mercedes. La anciana estaba llorando, pero cuando vio a Patricia trató de sonreír. “Vino”, dijo mi hijo. “Vino.” Patricia se sentó en la orilla de la cama. “Lo sé.” Doña Mercedes tomó su mano. No sé si me perdonará. No sé si volverá. Patricia apretó su mano. Le dará tiempo. Las heridas profundas necesitan tiempo para sanar. Doña Mercedes asintió. Tú hiciste esto, ¿verdad?, Patricia se tensó. ¿Qué? Tú pagaste mi cirugía, dijo doña Mercedes mirándola fijamente.

Y tú convenciste a mi hijo de que viniera. Patricia iba a negarlo, pero vio la mirada de la anciana. una mirada que lo sabía todo. “Sí”, admitió finalmente. “Fui yo.” Doña Mercedes comenzó a llorar otra vez, pero esta vez con una sonrisa. “¿Por qué no me conoces?” Patricia pensó en su respuesta. Porque usted me recuerda a mi madre. Y porque nadie merece morir solo y abandonado. Doña Mercedes la abrazó o intentó abrazarla porque los tubos y el dolor le impedían moverse mucho, pero el gesto fue suficiente.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.