Roberto Mendoza. Esa noche Patricia no pudo dormir. Dio vueltas en la cama pensando, un trabajo mejor, más dinero, más tiempo con Sofía. Pero dejar el hospital significaba dejar a los pacientes que había cuidado durante años, dejar al doctor Ramírez, que era como un padre para ella, dejar la enfermería, que era lo único que sabía hacer. ¿Podría realmente hacer eso? ¿Podría dejar atrás todo lo que conocía por algo nuevo? A las 3 de la mañana, Patricia se levantó y fue a la cocina.
Se preparó un té y se sentó en la mesa, sacó una libreta y comenzó a escribir. Una lista de pros y contos eran obvios. Mejor salario, mejor horario, estabilidad, tiempo con Sofía. Los contras eran más emocionales. Dejar el hospital, dejar la enfermería, el miedo a lo desconocido. Patricia miró la lista durante largo rato y entonces se dio cuenta de algo. Tenía miedo, miedo de cambiar, miedo de salir de su zona de confort, pero ese mismo miedo era el que había vencido cuando pidió el préstamo para doña Mercedes.
Ese mismo miedo era el que había enfrentado cuando perdió a su esposo y decidió seguir adelante sola. El miedo siempre había estado ahí y siempre lo había vencido. Patricia cerró la libreta y sonró. Ya había tomado una decisión. Una decisión que le daba terror, pero también esperanza, una esperanza brillante y nueva, como el amanecer que empezaba a asomarse por la ventana. Al día siguiente, Patricia llamó al número que venía en la carta. Roberto contestó al segundo timbre.
Diga. Su voz sonaba ocupada. Señor Mendoza, habla a Patricia Ruiz. Hubo una pausa. Patricia, ¿ya leyó la carta? Patricia respiró hondo. Sí, y quiero aceptar el trabajo. Lo acepto. Escuchó un suspiro de alivio del otro lado. Me alegra mucho. ¿Cuándo puede empezar? Patricia pensó. Necesito dar aviso de dos semanas en el hospital. ¿Le parece bien? Roberto rió. Perfecto, la espero. Entonces, las dos semanas siguientes fueron un torbellino. Patricia le dio la noticia al doctor Ramírez, que se alegró por ella, aunque le doliera perderla.
Les dijo a sus compañeras enfermeras que organizaron una pequeña despedida. Patricia lloró. Lloró porque dejar el hospital era como dejar un pedazo de su corazón, pero también sonríó porque sabía que este cambio era lo mejor para ella y para Sofía. Y eso era lo que importaba. El último día de Patricia en el hospital recibió una visita inesperada. Doña Mercedes entró al área de enfermeras caminando con un bastón, pero caminando. Patricia se puso de pie de inmediato. Señora Mercedes, ¿qué hace aquí?
La anciana sonrió. Vine a despedirme y a darte esto. Le entregó una caja pequeña envuelta en papel de regalo. Patricia la abrió con cuidado. Dentro había una medalla de plata con la imagen de un ángel para que te proteja en tu nuevo camino dijo doña Mercedes. Patricia se colgó la medalla y abrazó a la anciana. Gracias por todo. Doña Mercedes le acarició el pelo. No, mij hijita, gracias a ti por devolverme la vida. y por devolverme a mi hijo.
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