Nunca voy a olvidar lo que hiciste por mí. Nunca. Patricia apretó su mano. Yo tampoco voy a olvidarlas a ustedes. Me enseñaron que a veces las cosas más difíciles son las que más valen la pena. Esa noche, Patricia se sentó en su balcón con una taza de té, miró las estrellas, pensó en todo lo que había pasado, en cómo una decisión, una decisión loca y arriesgada, había cambiado su vida. Y no solo su vida, la vida de doña Mercedes, la vida de Roberto, incluso la vida de Sofía.
Patricia tocó la medalla que colgaba de su cuello, el ángel que doña Mercedes le había regalado, y sonríó. Porque a veces los milagros no vienen envueltos en luz dorada, no llegan con trompetas celestiales. Los milagros vienen disfrazados de decisiones difíciles, de sacrificios que duelen, de corazones que se atreven a dar, aunque no tengan nada. Patricia había arriesgado todo por una desconocida y en ese riesgo había encontrado algo más grande. Había encontrado propósito, había encontrado conexión, había encontrado la prueba de que todavía hay bondad en el mundo y que esa bondad se multiplica cuando la compartes.
Dos años después, Patricia seguía en la empresa. Había sido ascendida a directora de recursos humanos. Sofía estaba en la universidad. estudiando medicina. Quería ser doctora como tú mamá había dicho, “Quiero ayudar a la gente.” Patricia había llorado de orgullo. Roberto y doña Mercedes seguían sanando su relación. Habían empezado terapia juntos. Era un proceso lento, pero constante. Y Patricia sabía que eso era lo importante, no la velocidad, sino la dirección. Un día, Patricia recibió un correo de Roberto.
El asunto decía, “Sorpresa.” Patricia lo abrió curiosa. Dentro había un link a un artículo de periódico. El titular decía: “Empresario crea fundación para pagar cirugías de personas sin recursos.” Patricia leyó el artículo con el corazón acelerado. Roberto había creado una fundación y la había nombrado Fundación Patricia Ruiz. En el artículo, Roberto explicaba la historia, cómo una enfermera había salvado a su madre y cómo eso lo había inspirado a ayudar a otros. Patricia cerró la computadora y comenzó a llorar, pero no de tristeza, de felicidad, de gratitud, de asombro ante cómo una sola acción puede crear ondas que se expanden mucho más allá de lo que uno imagina.
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