Enfermera vio millonario negar cirugía de su madre para ahorrar. Lo que ella hizo dejó el en shock…

La anciana venía sola caminando despacio, aferrada a su bastón. Se veía cansada, más que cansada, exhausta, como si cada paso le costara un pedazo de vida. Patricia la había ayudado a sentarse en la sala de espera. ¿Viene alguien con usted, señora?, había preguntado. Doña Mercedes había negado con la cabeza. Mi hijo viene en camino, siempre viene. Pero pasó una hora y el hijo no llegó. Pasaron dos. Doña Mercedes fue llamada para los exámenes. Patricia la acompañó empujando la silla de ruedas por los pasillos.

La anciana no se quejó ni una vez, aunque Patricia veía el dolor en su rostro cada vez que tocaban un bache o una puerta. ¿Le duele mucho?, preguntó Patricia. Ya estoy acostumbrada”, respondió doña Mercedes con una sonrisa débil. Esa respuesta le rompió algo a Patricia. Los resultados llegaron rápido. El doctor Ramírez, un hombre serio de pelo canoso, llamó a Patricia a su oficina. “La señora necesita cirugía urgente”, dijo mostrándole las radiografías. Tiene una fractura de cadera complicada.

 

Si no operamos en las próximas 48 horas, puede quedar postrada para siempre. Patricia sintió un nudo en el estómago. ¿Ya le avisaron al hijo?, preguntó. El doctor. Asintió. Viene en camino. Dice que en una hora está aquí, pero cuando el hijo llegó, no venía con cara de preocupación. Venía hablando por teléfono, riendo. Patricia lo vio entrar al hospital como si entrara a una cafetería. Traje impecable. Zapatos brillantes, el pelo peinado con gel. Se llamaba Roberto. Roberto Mendoza.

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