No quiero que sepa que fui yo. Dígale que que hubo un fondo del hospital o que una fundación pagó, lo que sea, pero no le diga que fui yo. El doctor asintió. Como quieras. Programaré la cirugía para mañana en la mañana. Patricia se puso de pie sintiendo el peso de lo que acababa de hacer. 100,000 pesos. 5 años de deuda. Pero cuando pensaba en la cara de doña Mercedes mirando por la ventana, sabía que no había otra opción.
Esa tarde Patricia entró a la habitación de doña Mercedes. La anciana seguía ahí acostada mirando el techo. “Señora Mercedes”, dijo Patricia con una sonrisa. “Tengo buenas noticias.” La anciana giró la cabeza lentamente. Sus ojos estaban rojos. El hospital encontró una forma de cubrir su cirugía. La operan mañana. Doña Mercedes parpadeó. No entendía cómo mi hijo dijo. Patricia se sentó en la orilla de la cama. Su hijo no tiene que saberlo. Hay fondos especiales para casos como el suyo.
Doña Mercedes comenzó a llorar. Lágrimas silenciosas que le corrían por las mejillas. “No lo puedo creer”, susurró. De verdad me van a operar. Patricia tomó su mano y la apretó. De verdad, mañana a las 7 de la mañana. La anciana se llevó la mano libre al pecho, como si quisiera contener el corazón. Gracias, mi hijita. Gracias. Dios te bendiga. Patricia sonrió, aunque por dentro sentía un nudo en la garganta. No era Dios, era ella, era su futuro, era su sacrificio.
Cuando salió de la habitación, Patricia se recargó contra la pared del pasillo y cerró los ojos. ¿Qué había hecho? ¿Cómo iba a pagar esa deuda? ¿Cómo le iba a explicar a Sofía que no habría vacaciones, ni ropa nueva, ni salidas? Pero luego recordó la sonrisa de doña Mercedes y supo que lo volvería a hacer mil veces, porque hay cosas que no se pueden medir en dinero, hay cosas que se miden en humanidad. Lo que Patricia no sabía es que Roberto Mendoza iba a enterarse y cuando lo hiciera su reacción sería algo que nadie esperaba, algo
que cambiaría todo, algo que pondría a Patricia frente a frente con el hombre que había despreciado desde el primer momento. Y en ese encuentro se revelarían verdades que nadie estaba preparado para escuchar. La cirugía de doña Mercedes duró 4 horas. Patricia no trabajaba ese día, pero fue al hospital de todos modos. Se quedó en la sala de espera caminando de un lado a otro, mordiéndose las uñas. Cada vez que se abría la puerta del quirófano, su corazón daba un salto.
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