Enfermera vio millonario negar cirugía de su madre para ahorrar. Lo que ella hizo dejó el en shock…

A las 2 de la tarde, el doctor Ramírez salió. Tenía la mascarilla colgando del cuello y una sonrisa cansada. “Salió bien”, dijo. Patricia se llevó las manos a la boca. De verdad. El doctor asintió. Fue complicado, pero lo logramos. Va a poder caminar otra vez. Patricia sintió que las piernas le flaqueaban. Se dejó caer en una silla y comenzó a llorar. No lágrimas de tristeza, lágrimas de alivio, de felicidad, de saber que había hecho lo correcto. El doctor se sentó a su lado.

Patricia, lo que hiciste es extraordinario, pero tienes que cuidarte tú también. Esa deuda. Patricia lo interrumpió. Ya lo sé, doctor, pero no me arrepiento. Y era verdad, ni por un segundo se había arrepentido. Dos días después, doña Mercedes despertó en su habitación. Estaba confundida, adolorida, pero Patricia entró a verla en su turno de la tarde. La anciana sonrió al verla. Mi hijita, aquí estás. Patricia se acercó y le acomodó las almohadas. ¿Cómo se siente? Doña Mercedes hizo una mueca.

Me duele todo, pero el doctor dice que voy a poder caminar. Su voz se quebró. No lo puedo creer. Pensé que me iba a quedar en una cama para siempre. No va a pasar eso dijo Patricia tomando su mano. Va a salir de aquí caminando. Se lo prometo. Doña Mercedes la miró con ojos húmedos. ¿Cómo le puedo agradecer al hospital? Quisiera saber quién pagó esto para darles las gracias. Patricia sintió un nudo en la garganta. No se preocupe por eso, señora.

Solo concéntrese en recuperarse. Doña Mercedes asintió, pero Patricia notó que algo en su mirada había cambiado, como si sospechara algo. Esa misma tarde, mientras Patricia revisaba medicamentos en la estación de enfermeras, escuchó una voz que la hizo tensarse. Disculpe, busco a la enfermera Patricia Ruiz. Era Roberto. Patricia se giró lentamente. Ahí estaba con el mismo traje caro, la misma frialdad en los ojos. Soy yo, dijo Patricia, manteniendo la voz firme. Roberto se acercó. Necesito hablar con usted en privado.

Patricia señaló una sala de juntas vacía. Entraron. Roberto cerró la puerta. ¿Usted pagó la cirugía de mi madre?, preguntó Roberto sin rodeos. Patricia sintió que el corazón le latía en las cienes. ¿Cómo se había enterado? No sé de qué habla, mintió. Roberto sacó su teléfono y le mostró una pantalla. Era un correo del departamento de facturación del hospital. Me mandaron esto por error. Dice que el pago vino de su cuenta. Patricia apretó los puños. burocracia. ¿Y qué si fui yo?

Dijo levantando la barbilla. Roberto la miró como si estuviera loca. ¿Por qué haría algo así? Usted no conoce a mi madre, no nos debe nada. Patricia sintió la rabia subiéndole por la garganta. Tiene razón. No les debo nada. Pero su madre no merecía quedarse postrada porque usted es un tacaño. Roberto dio un paso hacia ella. Cuidado con lo que dice. Patricia no retrocedió. O qué me va a demandar. Adelante. Demándeme por salvarle la vida a su madre.

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