ESA FUE LA ÚLTIMA NOCHE QUE RECIBÍ GOLPES DE ÉL. AL DÍA SIGUIENTE, LE SERVÍ DESAYUNO… Y JUSTICIA…

En su lugar había alguien que llevaba meses, tal vez años, preparándose para este momento. ¿Cuánto tiempo llevas planeando esto? preguntó Tomás con voz rota. María se sentó frente a él con la caja entre ambos. Desde la primera vez que me pusiste una mano encima y luego me pediste perdón llorando. Desde ese momento supe que volverías a hacerlo y supe que algún día tendría que estar preparada. Yo te di todo dijo Tomás con lágrimas amenazando sus ojos. Esta casa, comida, ropa, nunca les faltó nada.

Nos faltó respeto, respondió María. Nos faltó paz. Nos faltó poder dormir sin miedo de que llegaras borracho y enojado. Nos faltó poder respirar sin preguntarnos qué humor traías ese día. Los oficiales cerraron sus libretas. “Señor Herrera”, dijo el agente Ramírez. Con la evidencia presentada, tenemos que pedirle que nos acompañe. Hay una orden de restricción temporal que entra en vigor a partir de este momento. No puede acercarse a menos de 200 m de su esposa ni de sus hijos.

¿Qué? Tomás se puso de pie de golpe. Me están sacando de mi propia casa. Es la casa de su familia, corrigió el agente Salazar. Y hay menores de edad que necesitan protección. Mis hijos me necesitan. Tus hijos necesitan un padre que no les dé miedo”, dijo María levantándose también. “¿Y tú no eres ese padre?” No, ahora, tal vez nunca. Tomás intentó acercarse a ella, pero el agente Ramírez se lo impidió. “Señor Herrera, por favor, no complique más las cosas.” “María, suplicó Tomás, “por favor, 20 años, 20 años juntos no pueden terminar así.

” María sostuvo su mirada. Esos ojos que alguna vez lo vieron con amor, que luego lo vieron con miedo y que ahora lo veían sin emoción alguna. Ya terminaron, Tomás, dijo ella. Terminaron anoche cuando decidiste que tu mano era más importante que mi dignidad. Ahora recoge lo que sembraste. Los oficiales escoltaron a Tomás hacia la puerta. Él volteaba cada dos pasos buscando en el rostro de María algún rastro de duda, de arrepentimiento, de la mujer débil que él conocía.

Pero esa mujer había muerto. En su lugar había una que acababa de recuperar su vida. Cuando la puerta se cerró, María se quedó parada en medio de la sala, sola, en silencio, con las manos todavía temblando, pero con el corazón más tranquilo de lo que había estado en años. Se acercó a la ventana y vio como los oficiales subían a Tomás a la patrulla. Los vecinos estaban asomados, las cortinas moviéndose, los murmullos comenzando. Que hablaran, ya no le importaba.

Sacó su celular y marcó un número. Licenciada Domínguez, soy María. Ya está hecho. Los oficiales se lo llevaron. Sí, tengo todas las copias. No, no hubo problemas. ¿Cuál es el siguiente paso? Escuchó atenta mientras su abogada le explicaba lo que venía. Audiencia, proceso legal, divorcio, custodia. Todo sonaba lejano, irreal, como si le estuviera pasando a otra persona. Pero era real, muy real. Colgó el teléfono y regresó a la cocina. El desayuno seguía ahí intocado, la carpeta abierta, la caja con las pruebas.

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