ESA FUE LA ÚLTIMA NOCHE QUE RECIBÍ GOLPES DE ÉL. AL DÍA SIGUIENTE, LE SERVÍ DESAYUNO… Y JUSTICIA…

recogió todo despacio, guardó cada documento en su lugar y limpió la mesa. Después preparó café fresco, se sirvió una taza, se sentó y por primera vez en 20 años disfrutó del silencio de su propia casa. Un silencio que no daba miedo, un silencio que significaba libertad. Diego y Fernanda llegaron de la escuela a las 3 de la tarde. María los escuchó desde la cocina, la puerta abriéndose despacio, los pasos cautelosos, el silencio tenso de cuando esperaban encontrar a su padre, pero esta vez era diferente.

“Mamá”, llamó Fernanda desde la entrada. “Estoy en la cocina, hija. ” Los dos hermanos entraron juntos, tomados de la mano como cuando eran pequeños y tenían miedo de la oscuridad. Miraron alrededor buscando peligro. “Ya no está”, dijo María volteando a verlos. “Se lo llevaron esta mañana. No va a volver.” Diego, que acababa de cumplir 17, soltó el aire que había estado conteniendo. Fernanda, de 15, se le llenaron los ojos de lágrimas. “¿De verdad, mamá?”, preguntó la niña con voz quebrada.

De verdad ya se fue. María abrió los brazos y sus dos hijos corrieron hacia ella. Los abrazó con fuerza, sintiendo cómo lloraban sobre su hombro. Pero no eran lágrimas de tristeza, eran lágrimas de alivio. “Ya pasó”, le susurró. “Ya pasó todo. Aquí están seguros. ” Se quedaron así durante minutos que parecieron horas, abrazados en medio de la cocina donde tantas veces habían cenado en silencio, esperando a que papá no llegara de mal humor. Cuando finalmente se separaron, Diego se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.

¿Qué va a pasar ahora, mamá? María lo sentó a la mesa y les explicó todo con calma. el proceso legal, la orden de restricción, el divorcio que vendría, la custodia que ella iba a pelear. “¿Y si él regresa?”, preguntó Fernanda con un rastro de miedo todavía en los ojos. “¿Y si se enoja y viene por nosotros?” “No puede acercarse”, respondió María con firmeza. “Tiene prohibido venir a menos de 200 m de esta casa. Si lo hace, va directo a la cárcel.” Diego bajó la vista hacia sus manos sobre la mesa.

“Debía haber hecho algo antes, mamá. Debía haberte defendido más. Yo sabía que te pegaba y no hice nada. Tú eras un niño, Diego.” María tomó la mano de su hijo. No era tu responsabilidad protegerme. Era yo quien debía protegerlos a ustedes. Y siento mucho haberlos hecho vivir esto durante tanto tiempo. No es tu culpa, mamá, dijo Fernanda. Nada de esto es tu culpa. Esa noche cenaron juntos, pizza que María ordenó porque no tenía ganas de cocinar. Se sentaron en la sala viendo una película que ninguno de los tres siguió realmente, pero que les dio una excusa para estar juntos, para sentirse seguros, para empezar a sanar.

Mientras tanto, a 8 km de distancia, en las oficinas del Ministerio Público de Ecatepec, Tomás Herrera estaba viviendo su propio infierno. Lo habían metido a una sala de interrogatorio fría y sin ventanas. Le tomaron fotos, huellas digitales, le hicieron firmar papeles que apenas leyó. Le preguntaron lo mismo una y otra vez hasta que las palabras perdieron sentido. ¿Por qué la golpeó, señor Herrera? Ya les dije que fue un accidente. Los accidentes no dejan ese tipo de marcas.

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