ESA FUE LA ÚLTIMA NOCHE QUE RECIBÍ GOLPES DE ÉL. AL DÍA SIGUIENTE, LE SERVÍ DESAYUNO… Y JUSTICIA…

Ella me provocó. Ella lo provocó a levantar la mano. Ustedes no entienden. Mi esposa puede ser muy muy difícil. Difícil o simplemente no hacía lo que usted quería. Las horas pasaron, le dieron agua y un sándwich que no pudo tragar. Lo dejaron solo en esa sala durante periodos largos con nada más que sus pensamientos. y el zumbido del aire acondicionado. Cada vez que cerraba los ojos, veía la carpeta manila sobre la mesa del desayuno. Cada prueba, cada foto, cada mensaje, toda su vida de abusador expuesta como una herida abierta.

Finalmente, cerca de las 8 de la noche, entró una mujer de unos 50 años con lentes y una carpeta gruesa. Señor Herrera, soy la agente del Ministerio Público, licenciada Rosario Gutiérrez. Voy a ser muy clara con usted. Tomás levantó la vista cansado, derrotado. La evidencia que su esposa presentó es abrumadora, continuó la licenciada. Tenemos fotos con fechas, certificados médicos, testimonios de testigos, grabaciones de audio, videos. Esto no es un simple caso de violencia doméstica, es un patrón documentado de abuso sistemático durante años.

Yo nunca, nunca quise lastimarla de verdad, murmuró Tomás. Pero lo hizo respondió la licenciada sin compasión. Y no solo físicamente, el daño psicológico que le causó a ella y a sus hijos es igual de grave. Tomás se cubrió la cara con las manos. ¿Qué va a pasar conmigo? Por ahora la orden de restricción se mantiene. No puede acercarse a su esposa ni a sus hijos. No puede ir a la casa. No puede contactarlos por teléfono, mensaje, redes sociales, ni a través de terceros.

Si lo hace, será detenido inmediatamente. Pero, ¿dónde voy a vivir? ¿Cómo voy a ver a mis hijos? Eso debió pensarlo antes, señor Herrera. La licenciada cerró la carpeta. Puede irse por ahora, pero tiene que presentarse cada semana aquí a firmar. El proceso legal apenas comienza. Le sugiero que consiga un buen abogado. Lo dejaron ir cerca de las 10 de la noche. Tomás salió del edificio del Ministerio Público sintiendo como el aire frío de abril le golpeaba la cara.

No tenía dónde ir, no tenía a quién llamar. Sacó su celular. Tenía más de 30 llamadas perdidas y 50 mensajes. Abrió WhatsApp con manos temblorosas. Su hermano Javier. ¿Qué hiciste, Tomás? Ya me enteré. Mamá está destrozada. Su mamá. No puedo creer que le hayas pegado a María. Así te criamos. Estoy muy decepcionada de ti, hijo. Su prima Leticia. Todo Eccatepec está hablando de ti. Es verdad lo que dicen mensajes de compañeros de trabajo, de amigos, de vecinos, todos preguntando, todos juzgando, todos dándose cuenta de lo que siempre habían sospechado, pero nunca quisieron ver.

Y entonces vio un mensaje que le heló el alma. Era de su jefe en la planta automotriz, el ingeniero Montoya. Tomás, necesito que vengas mañana a mi oficina. Tenemos que hablar sobre tu situación laboral, su trabajo. Iban a correrlo claro que iban a correrlo. Una empresa seria no podía tener a un empleado con denuncias por violencia familiar. Era mala publicidad, era un riesgo. Tomás marcó al único número que se le ocurrió. Carla, la mujer con la que había estado viéndose los últimos 8 meses, la que le decía que era especial, que lo entendía, que su esposa no lo merecía.

Sonó, sonó, sonó. Buzón de voz. Volvió a marcar. Esta vez sí, contestó Carla. Soy yo. Necesito verte. Necesito Tomás. La voz de ella sonaba distante, fría. No podemos seguir viéndonos. ¿Qué? ¿Por qué? Ya me enteré de lo que pasó, de la denuncia, de todo. Yo no me voy a meter en eso. Pero tú me dijiste que me querías, que íbamos a estar juntos cuando yo dejara a mi esposa. Eso era cuando pensé que tú ibas a dejarla, respondió Carla.

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