No, cuando ella te dejó a ti por golpeador. Lo siento, Tomás. No quiero problemas. Y colgó. Tomás se quedó ahí parado en la calle con el celular en la mano, viendo como su vida se desmoronaba pedazo por pedazo. La esposa que lo denunció, los hijos que lo temían, la mamá que estaba decepcionada, el trabajo que probablemente perdería, la amante que lo abandonó, todo lo que había construido con mentiras, con control, con miedo, se estaba cayendo y no había nadie a quien culpar más que a él mismo.
Caminó sin rumbo durante horas por las calles de Ecatepec. Pasó frente a bares donde antes tomaba con sus amigos, frente a la casa de su mamá donde no se atrevió a tocar, frente al parque donde Diego y Fernanda jugaban cuando eran pequeños. Finalmente terminó en un hotel barato cerca de la central de autobuses, una habitación pequeña que olía humedad y cigarros viejos. Se tiró en la cama sin quitarse los zapatos y por primera vez en su vida adulta, Tomás Herrera lloró.
No de arrepentimiento, no de culpa, sino de autocompasión, de rabia contra el mundo que no lo entendía, contra María que lo había traicionado, contra el sistema que estaba de lado de las mujeres. Porque esa es la tragedia de los hombres como Tomás. Incluso cuando pierden todo, incluso cuando la evidencia de su maldad está frente a ellos, siguen sin entender, siguen pensando que son las víctimas. Esa noche, en dos lugares distintos de Ecatepec, dos personas intentaban procesar lo que había pasado.
Tomás en una cama de hotel pensando en cómo recuperar el control que había perdido. Y María en su propia cama por primera vez en 20 años sin sobresaltos, pensando en cómo construir la vida que siempre mereció. La diferencia era que solo una de ellos iba a lograrlo y no era Tomás. Una semana después, Tomás se presentó en la casa de su mamá en la colonia Las Américas. Doña Rosa Herrera abrió la puerta con expresión cansada. Había envejecido 10 años en 7 días.
“Mamá”, dijo Tomás con voz quebrada, “por favor, necesito tu ayuda.” Doña Rosa lo dejó pasar, pero no lo abrazó como otras veces. Lo llevó a la cocina, le sirvió café y se sentó frente a él con los brazos cruzados. Dime la verdad, Tomás, le pegaste a María. Fue un accidente, mamá. Yo estaba tomado. Estábamos discutiendo. ¿Y sí o no? Interrumpió doña Rosa con voz dura. Le levantaste la mano a tu esposa. Tomás bajó la mirada. Sí, pero solo fue una vez.
Te lo juro, mamá. Solo una vez. Doña Rosa soltó una risa amarga. ¿Y crees que eso lo hace mejor? ¿Crees que con solo una vez se arregla todo? Tu papá, que en paz descanse, nunca me puso una mano encima en 40 años de casados, ni borracho, ni enojado, nunca. Papá era diferente. No, Tomás, tú eres diferente. Lo cortó su mamá. Yo crié a tres hijos. Tu hermano Javier lleva 12 años casado con Lupita y jamás la ha tocado.
Tu hermana Rocío está divorciada, pero su ex nunca le puso una mano encima. ¿Por qué tú sí? Tomás apretó las manos alrededor de la taza de café. Porque María me provocaba. Porque me hacía enojar. Porque no. Doña Rosa golpeó la mesa. No le eches la culpa a ella. María es una buena mujer, una buena madre. Yo siempre lo supe y tú la trataste como basura. Mamá, por favor, necesito que hables con ella, que la convenzas de retirar la denuncia.
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