ESA FUE LA ÚLTIMA NOCHE QUE RECIBÍ GOLPES DE ÉL. AL DÍA SIGUIENTE, LE SERVÍ DESAYUNO… Y JUSTICIA…

Organizó cada prueba, revisó cada documento, preparó cada detalle de lo que vendría. No iba a correr, no iba a rogar, no iba a ser una víctima más, iba a ser su propia justicia. Cuando el sol comenzó a salir por el horizonte, María se levantó de la mesa con una determinación que nunca había sentido. Abrió el refrigerador y sacó huevos, frijoles, tortillas. Puso el café de olla a calentar, que va a preparar el mejor desayuno que Tomás hubiera probado en su vida.

Porque cuando él bajara esas escaleras esperando encontrar a la misma mujer de siempre, se iba a encontrar con alguien completamente diferente y junto a su plato favorito encontraría algo más, algo que le quitaría el apetito para siempre. 20 años atrás, María Guadalupe Sánchez había conocido a Tomás Herrera en una fiesta de 15 años en Nesahualcoyotl. Ella tenía 22. Trabajaba en una papelería y soñaba con estudiar enfermería. Él tenía 25, acababa de conseguir trabajo en una fábrica y manejaba un suru verde que era su orgullo.

Tomás llegó esa noche con camisa planchada y una sonrisa que le iluminaba la cara. Le pidió una pieza. Bailaron amor eterno de Juan Gabriel y al final de la noche le preguntó si podía visitarla. María dijo que sí. Su mamá, doña refugio, no estaba tan convencida. Ese muchacho tiene ojos de hombre acostumbrado a salirse con la suya, le dijo una tarde mientras preparaban tamales. Ten cuidado, mi hija. Pero María no le hizo caso. Estaba enamorada. Tomás la trataba como a una reina.

Le llevaba flores cada semana, la recogía del trabajo, le decía que era la mujer más hermosa de todo el Estado de México. En 6 meses ya estaban comprometidos. En un año casados en la iglesia de San Juan Bautista con toda la familia presente y mariachi incluido. Los primeros dos años fueron buenos, o eso quería recordar María. Tomás trabajaba duro. Ella seguía en la papelería. Ahorraban comprar su propia casa. Luego llegó Diego y con él las primeras grietas.

¿Para qué vas a seguir trabajando? Le dijo Tomás una mañana mientras ella preparaba el desayuno con el bebé en brazos. Yo gano suficiente. Quédate en casa, cuida a mi hijo. No era una sugerencia, era una orden disfrazada de preocupación. María dejó el trabajo. Al principio no le molestó. Cuidar a Diego la llenaba, pero poco a poco, sin darse cuenta, fue perdiendo su independencia. Tomás manejaba todo el dinero. Él decidía qué se compraba y qué no. Él elegía a dónde salían los fines de semana.

Él aprobaba o rechazaba las visitas de su familia. “Tu mamá habla demasiado”, decía. “Mejor que venga cuando yo no esté.” “Tu hermana es una metiche”, decía. No quiero que Diego aprenda sus mañas. Tus amigas son unas interesadas”, decía. “¿Para qué las necesitas si me tienes a mí?” Y así, año tras año, María fue quedándose sola, aislada, dependiente. Cuando nació Fernanda 3 años después, las cosas empeoraron. Tomás empezó a salir más seguido con los compañeros del trabajo. Llegaba tarde, llegaba tomado, llegaba de mal humor.

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