ESA FUE LA ÚLTIMA NOCHE QUE RECIBÍ GOLPES DE ÉL. AL DÍA SIGUIENTE, LE SERVÍ DESAYUNO… Y JUSTICIA…

Los insultos comenzaron como bromas. Estás gordita, ¿eh? Ya no eres la misma de antes. Así vas a salir. Pareces vieja de mercado. Qué bueno que yo sí me mantengo bien porque tú ya te descuidaste. María tragaba cada palabra como si fuera veneno. Se decía a sí misma que era el estrés del trabajo, que todos los matrimonios pasaban por eso, que ella tenía que ser más comprensiva. Su mamá insistía en que lo dejara. Ese hombre no te valora, mija.

Todavía estás joven, puedes rehacer tu vida. Pero María tenía miedo. ¿Cómo iba a mantener a dos niños sola? ¿Qué iba a decir la gente? ¿Qué iba a pensar la familia de Tomás? Y si él tenía razón y ella realmente no era nada sin él. Entonces hacía lo que había aprendido a hacer mejor. Callarse, aguantar, sobrevivir. Pasaron los años. Diego creció viendo como su papá le hablaba mal a su mamá. Fernanda creció pensando que así era el amor y María creció creyendo que ya no había salida.

Hasta que un día, cuando Diego tenía 14, Tomás llegó furioso porque la comida estaba fría. “Eres una inútil”, le gritó aventando el plato contra la pared. “No sirves ni para calentar comida.” Diego se paró de la mesa. “No le hables así a mi mamá.” Tomás lo enfrentó con esa expresión que María conocía también, esa expresión que decía, “Ten cuidado.” Pero Diego no bajó la vista. Por primera vez alguien en esa casa le estaba haciendo frente. Ahora el niñito me va a decir cómo hablarle a mi esposa.

Se acercó a Diego cara a cara. Aprende a respetar, muchacho, o te enseño a la mala. María se metió en medio. Ya, Tomás, fue mi culpa. Voy a calentar la comida. Claro que fue tu culpa”, le dijo él apartándola sin mirarla. “Todo es siempre tu culpa”. Esa noche María escuchó a Diego llorar en su cuarto. Era la primera vez que lo oía llorar desde que era niño. Y se juró a sí misma que algún día eso iba a terminar.

No sabía cómo ni cuándo, pero iba a terminar. Los años siguieron pasando. María consiguió el trabajo en bodega Aurrera, más por necesidad que por permiso de Tomás. El dinero ya no alcanzaba y él tenía que aceptarlo, aunque nunca dejó de reclamarle. “Seguro andas buscando quién te mantenga mejor”, le decía. “Por eso querías trabajar, ¿verdad? Para andar de zorra”. María aprendió a no contestar. Aprendió a sonreír en el trabajo, aunque por dentro estuviera hecha pedazos. Aprendió a mentirle a sus compañeras cuando le preguntaban por qué siempre usaba mangas largas en pleno verano.

Aprendió a disimular los moretones con maquillaje y las lágrimas con excusas. Me caí de las escaleras, me pegué con la puerta del closet. Soy muy torpe. Mentiras que todo el mundo fingía creer porque era más cómodo que enfrentar la verdad. Pero algo cambió 6 meses atrás. Una compañera del trabajo, Lupita, notó las marcas en su cuello. María, ¿estás bien? Y por primera vez en años María no mintió. No. Lupita la llevó a tomar café después del turno.

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