ESA FUE LA ÚLTIMA NOCHE QUE RECIBÍ GOLPES DE ÉL. AL DÍA SIGUIENTE, LE SERVÍ DESAYUNO… Y JUSTICIA…

Le dio el número de una abogada, le habló del dif, le contó la historia de su prima, que había pasado por lo mismo y había salido adelante. No tienes que vivir así, María. Hay opciones, hay ayuda. Esa fue la semilla. María comenzó a ir a terapia en secreto, a juntar pruebas de forma sistemática, a contactar a la licenciada Sandra Domínguez, a prepararse para algo que todavía no tenía nombre, pero que sentía cada vez más cerca. Y entonces llegó esa noche de abril, la noche del golpe en la cocina, la noche que Tomás cruzó la línea que nunca debió cruzar, la noche en que María Guadalupe dejó de prepararse y decidió actuar.

Mientras el sol terminaba de salir sobre Ecatepec esa mañana, María colocó el último plato sobre la mesa. Huevos rancheros perfectos, frijoles refritos con queso, tortillas recién hechas, café de olla con canela, justo como le gustaba a Tomás, y junto al plato, una carpeta manila cerrada. Escuchó sus pasos bajando la escalera. Pesados, lentos, probablemente tenía cruda, probablemente esperaba encontrar llanto, reclamos, drama. Pero cuando Tomás entró a la cocina, lo que encontró fue a María parada junto a la mesa, tranquila, con una expresión que él nunca había visto.

“Buenos días”, le dijo ella. Te preparé tu desayuno favorito. Tomás se quedó parado en la puerta confundido, examinó el plato, estudió a María, notó la carpeta. ¿Qué es esto?, preguntó señalando la carpeta. Siéntate, dijo María con una calma absoluta. Come tranquilo y después lo abres. Por primera vez en 20 años, Tomás Herrera sintió algo que no conocía. Miedo. Tomás se sentó despacio en la silla sin dejar de observar a María. Había algo diferente en ella, algo que no podía descifrar.

No era su misión, no era el temor de siempre, era otra cosa, algo que lo inquietaba profundamente. “¿No vas a comer conmigo?”, preguntó él tratando de sonar casual mientras acercaba el plato. “Ya comí”, respondió María sirviéndole café. Los muchachos también se fueron temprano a la escuela. Tomás asintió y tomó un sorbo de café. Estaba perfecto, justo como le gustaba, demasiado perfecto para ser verdad. Después de lo de anoche volvió a ver la carpeta Manila que descansaba junto a su plato.

¿Y eso qué es? María se sentó frente a él, entrelazó las manos sobre la mesa y lo enfrentó con la vista. Ábrela. Primero dime qué es. Ábrela, Tomás. Come tranquilo y ábrela. Había algo en el tono de voz de María que le erizó la piel. No era agresivo, era peor. Era seguro, como si ella supiera algo que él no sabía, como si tuviera el control de algo que siempre había sido de él. Tomás agarró un taco de huevo, le dio una mordida y luego jaló la carpeta hacia él.

Pesaba más de lo que esperaba. Con la mano libre la abrió. Lo primero que vio fue una foto. Una foto de María con un moretón en el brazo. Fecha impresa en la esquina. 18 de enero del año pasado. Frunció el seño. ¿Qué es esto? Sigue mirando dijo María sin alterar su expresión. Tomás pasó a la siguiente hoja. Otra foto. Esta vez de la espalda de María con marcas rojas. Fecha 3 de marzo. Después otra y otra y otra.

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