ESA FUE LA ÚLTIMA NOCHE QUE RECIBÍ GOLPES DE ÉL. AL DÍA SIGUIENTE, LE SERVÍ DESAYUNO… Y JUSTICIA…

un catálogo completo de golpes, empujones, jalones de cabello que él ni siquiera recordaba haber hecho. El taco se le cayó de la mano. “Tú, tú tomaste fotos de esto. Cada vez que me tocabas”, respondió María con una serenidad helada. Cada vez que me empujabas contra la pared, cada vez que me dejabas una marca. Lo guardé todo, Tomás. Todo. Él sintió como el estómago se le revolvía. siguió ojeando. Ahora eran capturas de pantalla de mensajes de texto. Eres una inútil, no sirves para nada.

Si te vas, te busco donde estés. Tus hijos van a saber qué clase de madre tienen. Nadie te va a creer. Todos saben que estás loca. Mensajes que él le había mandado en momentos de rabia. Mensajes que pensó que ella habría borrado por vergüenza, pero ahí estaban fechados, archivados. organizados. María, yo yo estaba enojado cuando escribí eso. Lo sé, dijo ella tomando un sorbo de su propio café. Siempre estabas enojado. Sigue viendo. Las manos de Tomás temblaban.

Ahora pasó más hojas. Había impresiones de conversaciones de WhatsApp con una tal Carla, conversaciones que él creyó que había borrado de su teléfono. Mi vieja está insoportable. Ya no la aguanto. Ojalá pudiera alargarme y dejársela a otro. Tú sí me entiendes, hermosa. No como ella. Y fotos, fotos de él con esa mujer en un bar de Tlaln Pantla, besándola, abrazándola, riéndose como nunca se reía en casa. ¿Cómo? Balbuceó Tomás. ¿Cómo conseguiste esto? Nunca cambiaste la contraseña de tu celular, dijo María.

Sigues usando la fecha de nacimiento de tu mamá. Llevaba meses entrando cuando te dormías borracho. El mundo de Tomás comenzaba a tambalearse. Siguió pasando hojas con dedos cada vez más temblorosos. Ahora había documentos, extractos bancarios marcados con resaltador amarillo, retiros de cajeros cerca del motel sobre la carretera a Pachuca, pagos en bares que él había negado visitar, cargos en su tarjeta de crédito para regalos que nunca llegaron a casa. Esto es esto es invasión de privacidad, dijo Tomás con la voz quebrada.

Privacidad. María soltó una risa seca. Tú me hablas de privacidad. Tú que revisabas mi celular cada noche. Tú que me preguntabas con quién hablaba en el trabajo. Tú que me seguiste una vez hasta la casa de mi mamá para ver si de verdad estaba ahí. Tomás no podía respirar bien. El café le supo amargo de repente dejó la taza en la mesa con mano temblorosa y siguió revisando la carpeta. Más hojas, declaraciones escritas. Reconoció la letra de doña Carmen, la vecina de al lado.

Yo, Carmen Leticia Morales Ruiz, declaro que en múltiples ocasiones he escuchado gritos y golpes provenientes de la casa de los señores Herrera Sánchez. He visto a la señora María con moretones en los brazos y la cara. Otra declaración de don Esteban, el del colmado de la esquina. El señor Tomás Herrera frecuentemente compra cerveza en estado visible de embriaguez. En una ocasión hizo comentarios despectivos sobre su esposa frente a otros clientes. Y otra más, esta de Lupita, la compañera de trabajo de María en bodega Aurrera.

María me ha confiado en varias ocasiones que su esposo la maltrata verbal y físicamente. He visto las marcas. Todos susurró Tomás. Todos lo sabían. Todos lo sabían confirmó María. Menos tú, que creías que nadie se daba cuenta, que creías que podías hacer lo que quisieras, porque yo era demasiado cobarde para decir algo. Tomás llegó a las últimas hojas de la carpeta y ahí, en la parte final había algo que le quitó todo el aire de los pulmones, un documento oficial con el sello del Ministerio Público del Estado de México, una denuncia formal por violencia intrafamiliar a nombre de María Guadalupe Sánchez contra Tomás Herrera.

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