Esa noche, el restaurante resplandecía como si quisiera demostrar su grandeza a toda la ciudad. Pesadas lámparas de araña se reflejaban en los cristales, trajes caros crujían y las risas resonaban con seguridad y fuerza. Gente acostumbrada a comprarlo todo —personas, decisiones, destinos— se reunía allí. El dinero no solo olía en esa sala, sino que era opresivo.
Vera caminaba entre las mesas con una gran bandeja de porcelana. El pato asado se estaba enfriando y le dolían las manos por el esfuerzo. Había trabajado allí como cocinera durante tres años. Sin quejas. Sin impuntualidades. Sin esperanza. Este restaurante era una parada temporal en una vida que hacía mucho que había ido mal.
Una vez tuvo un escenario. Había un piano. Había un sonido que encogía el corazón. Pero todo eso le quedaba en otra vida, una donde no había habido traición, pobreza ni la imperiosa necesidad de sobrevivir.
No sabía que hoy, el pasado la alcanzaría. Bruscamente. Públicamente. Cruelmente.
Desarrollo
Vera casi había llegado a la cocina cuando una mano se cerró repentinamente sobre su muñeca. Se estremeció y casi dejó caer el plato.
"Para", dijo Viktor Borisovich con voz ronca. "¿Qué susurrabas sobre el piano?"
Estaba demasiado cerca. Olía a coñac caro y a la seguridad de un hombre que nunca había oído la palabra "no". Vera intentó apartarle la mano con suavidad.
"Yo... simplemente le dije al encargado que el instrumento estaba desafinado", respondió en voz baja.
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