Esa noche el restaurante brillaba como si quisiera demostrarle a toda la ciudad...

Su hija se levantó del borde de la sala. Alta, fríamente hermosa. Un vestido caro, una postura serena, la mirada de alguien que nunca dudó de su futuro. Todos conocían su historia: el Conservatorio de Viena, concursos, prácticas. La música como prestigio, no como dolor.

Víctor rodeó los hombros de su hija con el brazo y miró a Vera con evidente placer.

"Entonces", dijo en voz alta. "Ahora mi hija tocará. Luego tú. Si tocas mejor..." Hizo una pausa, disfrutando de la atención. "Te invito a un restaurante".

Un murmullo recorrió la sala.

"Tu propio local", continuó. "Con tu nombre en el cartel. Y si te deshonras, te vas hoy mismo. Sin paga. Sin explicaciones".

Vera miró a los invitados. No había compasión en sus ojos. Solo la expectativa de un espectáculo. De repente se dio cuenta de que para ellos, ella no era una persona. Era una apuesta.

Dasha se sentó primero al piano. Tocó impecablemente. Limpio. Frío. Los aplausos fueron fuertes, seguros, como la aprobación de una buena elección.

"Bueno", dijo Víctor, "te toca".

Vera se acercó al instrumento. Sabía que el piano estaba realmente desafinado. Sabía que sería audible. Sabía que se perdería en los ojos de quienes no la escucharan con el corazón.

Puso los dedos sobre las teclas.

Y de repente, todo desapareció. La sala. La gente. El miedo. Solo quedaba la música. La misma música por la que una vez dejó su hogar, discutió con su madre, creyó en sí misma. No tocaba para ellos. Tocaba para la Vera que una vez soñó.

El sonido era irregular. Pero vivo. Dolor, pérdida, fatiga; todo resonaba en cada nota. La sala quedó en silencio. Incluso Víctor dejó de sonreír.

Cuando terminó, nadie aplaudió de inmediato. El silencio era denso.

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