Esa noche el restaurante brillaba como si quisiera demostrarle a toda la ciudad...

"Bueno...", dijo Víctor lentamente. "Hermoso. Pero...", se encogió de hombros. "Negocios son negocios".

Se puso de pie.

"Eres libre", dijo. "Recoge tus cosas".

Vera asintió en silencio. No sintió humillación. Solo vacío y un extraño alivio.

Salió tarde en la noche. El viento era frío, la ciudad indiferente. No tenía restaurante. No tenía trabajo.

Vera caminaba lentamente por la calle nocturna, como si temiera perturbar el silencio. Sus dedos aún recordaban las teclas: frías, desafinadas, ajenas. No eran la risa de Viktor Borisovich ni los susurros de los invitados lo que llenaba sus oídos, sino los últimos acordes que había tocado, como despidiéndose no del público, sino de toda su vida.

La casa estaba vacía. Una habitación alquilada, una cama estrecha, un viejo piano contra la pared, silencioso, con las teclas amarillentas. No lo había tocado en varios años. Al principio, no tuvo tiempo, luego fuerzas, luego fe en que a alguien le importara. Vera se quitó el abrigo, se sentó en el suelo y se quedó mirando fijamente un largo rato. Por primera vez en muchos años, sintió un dolor real. No por la humillación, sino por darse cuenta de cuánto había permitido que le arrebataran.

Por la mañana, se despertó con el teléfono sonando. El número no le resultaba familiar.

"¿Vera?", preguntó vacilante.

Una voz femenina se alzó. "Soy el gerente del restaurante... Yo... quería disculparme mucho. Y además... había alguien en la habitación ayer. Me pidió tu número."

Vera guardó silencio.

"Dijo que hacía mucho que no oía a nadie tocar así. No tecnología, sino vida."

Colgó y se quedó sentada un buen rato, apretando el teléfono contra el pecho. Era la primera vez en muchos años que alguien la veía no como cocinera, ni como una apuesta en la partida de bebida de un multimillonario, sino como música.

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