Esa noche el restaurante brillaba como si quisiera demostrarle a toda la ciudad...

Una semana después, volvió a tocar. En una pequeña habitación que olía a polvo y madera vieja. Había poca gente. Algunos llevaban abrigos, otros sostenían vasos de papel con té. Nadie reía. Nadie juzgaba. Simplemente escuchaban.

Vera tocaba y lloraba, no por fuera, sino por dentro. Cada nota era una confesión: de miedo, de cansancio, de haber permanecido en silencio demasiado tiempo. Después del concierto, una anciana se le acercó y le dijo:

"Gracias. Hoy recordé por qué vivo".

Estas palabras valieron más que cualquier restaurante.

Oyó hablar de Viktor Borisovich por casualidad. Se decía que su hija se había ido al extranjero y ya no tenía contacto con su padre. Que él mismo se había vuelto más callado, más iracundo, como si algo hubiera salido mal esa noche. Pero a Vera no le importaba. Su mundo seguía siendo un lugar donde el dinero ahogaba el significado.

Vivía modestamente. Trabajaba, tocaba y a veces daba clases de música a niños. No tenía lujos, pero ahora tenía mañanas sin miedo y tardes sin vergüenza. A veces pasaba por restaurantes caros y recordaba esa risa, esa promesa que le tiraban como un hueso.

Ahora lo sabía: las cosas de verdad no se compran con apuestas.

Y si un día alguien le volvía a decir: "Toca y te doy algo", simplemente se sentaría al piano. No por una recompensa. Sino por ella misma. Porque la música seguía con ella cuando todo lo demás le daba la espalda.

Y ésta fue su victoria silenciosa, triste pero honesta.

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