“Escuchó a su hija suplicar desde un armario a las 2 a.m. y al volver a casa descubrió la cruel verdad que su esposa ocultaba”…

“Por favor… déjame salir. Tengo miedo de la oscuridad.”

El susurro tembloroso atravesó el silencio de la madrugada en una mansión de las afueras de San Diego. Daniel Harrington acababa de regresar a casa sin avisar, después de cancelar de forma repentina un viaje de negocios a Berlín. Durante tres noches seguidas había tenido la misma pesadilla: su hija pequeña llorando, llamándolo desde algún lugar cerrado. Esta vez, decidió no ignorar esa sensación que le oprimía el pecho.

Eran exactamente las dos de la mañana cuando subió las escaleras hacia la habitación de su hija de ocho años, Lily. La puerta estaba entreabierta. Al empujarla suavemente, Daniel sintió un frío extraño. La habitación estaba impecable. La cama perfectamente hecha, como si nadie hubiera dormido allí. El peluche favorito de Lily estaba colocado con cuidado sobre la almohada.

Entonces lo oyó.

Un golpeteo suave, casi imperceptible, provenía del armario empotrado. Daniel contuvo la respiración y abrió la puerta.

Dentro, acurrucada en el suelo, estaba Lily. Sus rodillas contra el pecho, los brazos rodeándolas con fuerza. Vestía solo un pijama fino. No había manta, ni almohada. Su rostro estaba pálido, los ojos hinchados y enrojecidos por el llanto.

—¿Lily… qué haces aquí? —susurró, sintiendo cómo el corazón se le rompía.

—Papá —sollozó ella, lanzándose a sus brazos—. Pensé que eras un sueño. Mamá dijo que habías muerto en Alemania. Que no volverías nunca.

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