Estas palabras quedaron suspendidas en el aire como un soplo. La habitación parecía vacía. El sonido de los pasos se desvaneció, los susurros se esfumaron, incluso la respiración se volvió pesada y fuerte. Solo oía el pitido monótono de la máquina junto a la cama.
Instintivamente abracé a mi hijo, como si alguien intentara llevárselo. Se me hizo un nudo en la garganta, se me llenaron los ojos de lágrimas, pero no las dejé salir de inmediato. En ese momento, era importante para mí no mostrar debilidad, no dejar que la frágil criatura que acababa de nacer con él se desmoronara.
El personal médico se quedó paralizado. Sus miradas estaban llenas de incomodidad y compasión. Pero Ryan parecía haber dicho algo completamente normal, incluso sensato.
A partir de ese momento, la habitación dejó de ser un lugar de alegría. Se convirtió en un espacio de vergüenza y dolor.
Al día siguiente, continuó. Lo contó en voz alta, delante de otras personas. Se lo repitió a mi madre, al personal y a cualquier transeúnte en el pasillo. Su voz sonaba segura, casi petulante. Se presentó como un hombre que simplemente buscaba claridad, que se preocupaba por sí mismo.
Sentí que algo se rompía lentamente en mi interior. Cada vez que repetía sus palabras, me lastimaban como esquirlas afiladas. Mi cuerpo aún no se había recuperado del parto; apenas podía sentarme sin dolor, pero eso no era nada comparado con lo que ocurría en mi interior.
Al final, acepté. No porque quisiera demostrarle nada. Sino porque quería que esta sombra desapareciera, que la acusación fuera destruida por un documento, seco e imparcial.
El procedimiento fue rápido y desalmado. Un hisopo de algodón. Movimiento. Papeles. Firmas. Incluso mi hijo se convirtió en parte de este absurdo; pequeño, incapaz de entender por qué unas manos extrañas lo tocaban.
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