La joya era única. Su abuelo le había contado que solo existían tres de estos anillos en el mundo, elaborados por un orfebre italiano para una familia noble española en el siglo XIX. Uno había desaparecido durante la Guerra Civil, otro había sido robado décadas antes, y el tercero era el que él lucía.
Cuando Amélia falleció en aquel terrible accidente de coche, Gael consideró enterrar el anillo con ella, pero finalmente decidió llevarlo siempre, para mantenerla cerca de su corazón. La vida continuó después de la tragedia, pero nunca volvió a ser la misma. Gael se entregó a su trabajo como un poseso, expandiendo el negocio familiar de vinos hasta convertirlo en una de las bodegas más prestigiosas de España.
Sus vinos de Rioja y Ribera del Duero se vendían en los restaurantes más exclusivos de Europa. Sus bodegas recibían la visita de celebridades y magnates internacionales, y su fortuna personal se había multiplicado por diez en las últimas dos décadas. Pero todo ese éxito parecía vano sin Amélia con quien compartirlo. Había sido su compañera desde la universidad, la única persona que lo conocía cuando solo tenía sueños y una pequeña parcela de viñedo heredada de su padre.
Construyeron juntos el imperio, planearon tener hijos juntos y soñaron con envejecer juntos en la casa de campo que renovaron con sus propias manos.
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