Un frío recorrió su espalda. Daniel se inclinó hacia adelante.
—¿Está diciendo que Elena fue… adoptada?
—No exactamente —respondió el doctor—. Es más complejo. Hay indicios claros de que usted nació en un contexto irregular. Podría tratarse de un caso de bebé robado, algo que lamentablemente ocurrió en España hasta los años noventa.
Elena sintió que el mundo se derrumbaba bajo sus pies. Toda su vida, todo lo que creía sobre su origen, temblaba.
Daniel la abrazó.
—Sea lo que sea, lo enfrentaremos juntos.
Mientras tanto, Miranda, retenida por la policía esa misma noche, enfrentaba cargos por agresión grave, pero su comportamiento apenas comenzaba a revelar una historia más oscura. Desde su celda, exigía hablar con Daniel, alegando que “tenía derecho a defender a su familia de una impostora”. Sus palabras fueron suficientes para que la policía notificara a Daniel: quizás Miranda sabía más de lo que aparentaba.
Al día siguiente, después de consultar a un abogado especializado en casos de identidad, Elena empezó a investigar. Una antigua monja de la Clínica de Santa Isabel, donde supuestamente había nacido, confirmó que en los años ochenta existieron prácticas ilegales de adopción encubierta.
—Recuerdo un caso —dijo la mujer, mirando un documento amarillento—. Una bebé entregada a una familia sin trámites legales… porque “una persona influyente” lo había ordenado.
Elena sintió que no podía respirar.
—¿Una persona influyente? ¿Un médico? ¿Un político?
La monja negó con la cabeza.
—No. Una mujer. Una mujer muy insistente que hablaba de proteger el futuro de su hijo.
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