“Feliz cumpleaños, te vas al asilo”, dijo. Callé. No sabía que yo era el dueño del lugar…

Sobre su escritorio había papeles, estados de cuenta, formularios de cierre. Una pantalla mostraba números, saldos bancarios. Leí las cifras, cero pesos, cero centavos, todas mis cuentas vacías, transferidas, donadas. El ejecutivo me miró con expresión seria. Señor Salazar, ¿estás seguro de esto? Una vez que firme, no hay vuelta atrás. Estoy seguro. Nunca he estado tan seguro de algo en mi vida. Tomé la pluma, firmé los documentos uno por uno. El ejecutivo los selló, los guardó en carpetas. Listo, todas sus cuentas están cerradas.

Los fondos fueron transferidos según sus instrucciones. Solo queda activa la cuenta de pensión mensual que solicitó. 10,000 pesos al mes. Asentí. Perfecto. El ejecutivo extendió su mano. Yo la estreché. Señor Salazar, no sé qué lo llevó a hacer esto, pero espero que encuentre paz. Sonreí. Ya la encontré. Salimos del banco. Montoya caminaba en silencio a mi lado. Regresamos a la oficina corporativa. Faltaba una última donación, la más importante. La casa familiar en la colonia americana. La casa donde crecí, donde me casé, donde nació Marcela.

Esa casa valía millones. tenía tres pisos, jardín amplio, garaje para cuatro autos. Marcela planeaba quedarse con ella, vivir ahí sin pagar renta, disfrutar de mi patrimonio mientras yo estaba en el asilo, pero eso no pasaría. Montoya sacó la escritura de la casa. Señor Salazar, esta es la última. Está completamente seguro. Es su hogar, sus recuerdos, su historia. Lo miré a los ojos. Esa casa ya no es mi hogar. Mi hija la convirtió en un lugar vacío. Firmé la escritura.

La pluma se deslizó sobre el papel. Mi nombre quedó estampado. La casa ahora pertenecía a la fundación de vivienda para abuelos, una organización que convertía casas grandes en hogares colectivos para ancianos sin recursos. Montoya selló el documento. Ya está. La transferencia es legal, irreversible. Su hija no podrá reclamar nada. Guardó copia en una carpeta, me entregó otra copia. Llévese esto por si acaso. Tomé la carpeta. Adentro estaban todas las escrituras de donación, todos los contratos, todas las pruebas.

Mi fortuna completa documentada en papeles, convertida en esperanza para otros. ¿Ustedes creen que hice lo correcto? Montoya me llevó de regreso al asilo. Eran las 5 de la tarde. El sol empezaba a bajar. Señor Salazar, su hija seguramente ya vio todos los movimientos. Puede llegar en cualquier momento. Asentí. Lo sé. Estoy listo. Bajé del auto, caminé hacia el portón de Villa Serena, lo empujé. Entré, crucé el camino de piedra. La enfermera Lupita estaba en la recepción. Me vio llegar con la carpeta bajo el brazo.

Señor Salazar, bienvenido de vuelta. Sonreí. Gracias, Lupita. Subí a mi habitación. Guardé la carpeta en el armario junto al sobre Manila. Junto a mis pruebas. Me senté en la cama. Respiré hondo. Todo estaba hecho. Bajé al comedor a cenar. Don Jacinto me saludó desde su mesa. Don Esteban. Lo vi salir esta semana. Todo bien. Asentí. Sí, solo asuntos personales. Me senté con él. Cenamos juntos. Caldo de verduras, pan integral, agua de Jamaica. Conversamos sobre cosas simples, el clima, las noticias, la comida.

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