“Feliz cumpleaños, te vas al asilo”, dijo. Callé. No sabía que yo era el dueño del lugar…

Don Jacinto no sabía quién era yo. No sabía que yo era el dueño del lugar. No sabía que acababa de donar toda mi fortuna. Para él yo era solo otro anciano abandonado y en cierto modo lo era, pero también era libre, libre de la carga de una hija ingrata. El sábado desperté temprano, día 6 de esa semana, desayuné en el comedor, café con pan dulce. Luego salí al jardín, me senté en la banca bajo las bugambilias. El sol de la mañana calentaba mi rostro.

Algunos residentes caminaban por el patio, otros regaban las plantas. Paz, silencio, dignidad. Cerré los ojos, respiré el aire fresco. Por primera vez en años me sentía tranquilo, no porque tuviera dinero, sino porque ya no lo tenía, porque había hecho lo correcto, porque mi fortuna ahora servía para algo real, para algo que valía la pena. A las 11 de la mañana escuché un ruido fuerte, un auto frenando bruscamente. Abrí los ojos, miré hacia el portón de entrada. Un auto sedán gris se detuvo frente a la reja.

Reconocí el modelo. Era el auto de Marcela. La puerta se abrió. Ella bajó. Cabello suelto, blusa blanca, pantalón negro, lentes de sol sobre la cabeza, rostro tenso, furioso. Caminó hacia el portón, lo empujó con fuerza, entró al asilo. Sus pasos eran rápidos, decididos. Venía por mí, pero yo estaba listo, más listo que nunca. Me quedé sentado en la banca tranquilo esperando. Marcela entró al edificio principal. Desde el jardín escuché su voz alta, gritando, “¿Dónde está mi padre?

Necesito hablar con él ya.” El tono era de furia, de desesperación. El director Bermúdez salió de su oficina. Lo vi a través de las ventanas. Marcela lo encaró. ¿Dónde está Salazar? Dígame ahora. Bermúdez tartamudeó nervioso. Sabía quién era yo. Sabía que no debía revelar mi identidad. Está está con los demás residentes, señora, en el jardín. Marcela no esperó más. Caminó hacia la puerta que daba al patio, la empujó. Salió, me vio desde lejos. Sus ojos se clavaron en los míos, caminó hacia mí.

Pasos rápidos, furiosos. Llegó frente a la banca, me miró de arriba a abajo. Papá, ¿qué hiciste? ¿Qué demonios hiciste con el dinero? Su voz temblaba, no de tristeza, sino de rabia. Me quedé sentado, tranquilo, manos sobre las piernas. Hola, Marcela. Pensé que no volverías. Dijiste que yo estorbaba. Ella apretó los puños. No juegues conmigo. Vi los movimientos bancarios. Donaste millones. La casa. Las propiedades, todo. ¿Estás loco? Perdiste la cabeza. Sonreí apenas. No, la recuperé. Marcela sacó su teléfono celular del bolso, lo desbloqueó, me mostró la pantalla.

Notificaciones bancarias. Transferencia menos 5 millones de pesos. Transferencia – 8 m000ones. Cuenta cerrada. Cuenta cerrada leyó en voz alta con furia. ¿Qué es esto? ¿Qué hiciste? Me puse de pie, despacio, con calma. Doné todo, cada peso, a fundaciones de ancianos como yo, a quienes sus familias abandonaron, como tú me abandonaste a mí. Sus ojos se abrieron. Esa era mi herencia. Trabajé toda mi vida esperando eso. No puedes hacer esto. La miré fijamente. Ya lo hice. Y no puedes revertirlo.

Marcela dio un paso hacia mí. Su rostro estaba rojo, descompuesto. Voy a demandar. Voy a impugnar todo. Estás senil. No estás en tus facultades mentales. Un juez anulará las donaciones. Me acerqué a ella, hablé bajito, con firmeza. Adelante, intenta, pero todo está en regla. Notario, testigos, abogado, fundaciones legales registradas y yo estoy en plenas facultades mentales. Pregúntale al director si quieres. Pregúntale a mi abogado. Pregúntale a cualquiera. Marcela me miró con odio. Puro odio. No puedo creer que me hagas esto después de todo lo que hice por ti.

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