Sonreí con tristeza. ¿Qué hiciste por mí, Marcela? Dejarme aquí en mi cumpleaños 80 llamándome estorbo. Marcela respiró hondo, intentó calmarse. Miró alrededor, vio a otros residentes en el jardín. Don Jacinto estaba sentado en otra banca. Doña Tere regaba las plantas. La enfermera Lupita observaba desde la puerta del edificio. Todos nos miraban. Marcela bajó la voz. Papá, hablemos adentro en privado, negué con la cabeza. No, aquí está bien. Lo que tengas que decir, dilo aquí. Ella apretó los labios frustrada, luego sacó su teléfono otra vez.
Quiero que me expliques esto. Cada transferencia, cada donación, ahora su tono era exigente, autoritario, como si aún tuviera control sobre mí. ¿Quieres explicaciones? Muy bien. Subí a mi habitación. Ella me siguió. Entramos al cuarto 12B. Saqué la carpeta del armario, la que Monto ya me había dado. Adentro estaban todas las copias, escrituras de donación, contratos, sellos notariales, todo en orden. Bajamos de nuevo al jardín. Marcela caminaba detrás de mí impaciente, furiosa. Nos sentamos en la banca, abrí la carpeta, aquí está todo.
Lee. Le extendí los documentos. Ella los tomó. Empezó a leer. Sus ojos se movían rápido. De izquierda a derecha. Su rostro cambiaba de color. Donación a casa hogar del anciano desprotegido, 5 millones de pesos. leyó en voz alta con incredulidad. Donación a Fundación Proabuelo sin familia, 8 millones, siguió leyendo. Transferencia de propiedades comerciales locales en Guadalajara, terrenos en Zapopan. Su voz temblaba. Donación de la casa familiar colonia americana a fundación de vivienda para abuelos. Dejó caer los papeles sobre sus piernas.
Me miró con los ojos llenos de lágrimas, pero no eran lágrimas de tristeza, eran de rabia, de impotencia. Donaste la casa, nuestra casa, la casa donde crecí. Su voz se quebró. Esa casa ya no era tuya, Marcela, era mía. y decidí que sirviera para algo mejor, para ancianos sin hogar, sin familia, como yo. Mi voz salió calmada, sin enojo, solo con firmeza. Marcela revisó su celular otra vez, leyó las notificaciones bancarias. Cuenta cerrada, saldo cero. Cuenta cerrada, saldo cero.
Repitió una y otra vez como si no pudiera creerlo. Luego me miró. Todo. Donaste todo. Asentí. Todo, cada peso. Solo dejé una pensión mensual para mis gastos. El resto fue a fundaciones legales, registradas, serias, que cuidan de ancianos con dignidad. Ella soltó el teléfono, cayó al suelo de concreto. Marcela se puso de pie, gritó, “Era mi herencia. Yo soy tu hija. Trabajé esperando ese dinero. No puedes hacer esto.” Su voz resonó en el jardín. Todos los residentes voltearon.
Don Jacinto se puso de pie preocupado. Doña Tere dejó de regar. Lupita dio un paso hacia nosotros. Yo me quedé sentado, tranquilo. Tu herencia era el respeto que me debías. Esa la perdiste el día que me trajiste aquí y me llamaste viejo, inútil. El día que dijiste que yo estorbaba, el día que me abandonaste en mi cumpleaños 80. Mi voz salió baja, pero clara. Cada palabra pesaba como piedra. Marcela negó con la cabeza, “No, no voy a demandar.
Voy a impugnar todo. Voy a demostrar que no estás en tus cabales, que te manipularon, que firmaste bajo presión.” Tomó los documentos de la banca, los revisó otra vez, buscando errores, buscando algo que le diera esperanza. Pero no había nada, todo estaba en regla. Adelante, intenta dije con calma, pero todo está firmado ante notario, con testigos, con mi abogado presente, con sellos oficiales y yo estoy en plenas facultades mentales. Pregunta al director Bermúdez si quieres. Él puede confirmarlo.
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