“Feliz cumpleaños, te vas al asilo”, dijo. Callé. No sabía que yo era el dueño del lugar…

Marcela miró hacia el edificio. Bermúdez seguía en la puerta observando, nervioso. Además, continué. Las fundaciones ya recibieron el dinero, ya están usando los recursos, ya compraron medicinas, ya repararon techos, ya contrataron personal. ¿Vas a quitarles eso a los ancianos que sí lo necesitan? ¿Vas a demandar a instituciones de caridad? Hazlo. Veamos qué dice un juez cuando sepa que tu padre te abandonó porque tú lo abandonaste primero. Marcela me miró con odio. Puro odio, concentrado. No puedo creer que seas tan cruel, tan vengativo.

Me puse de pie, la miré a los ojos. No soy vengativo. Soy justo. Hay una diferencia. Tú elegiste humillarme. Yo elegí recuperar mi dignidad. Marcela arrojó los documentos al suelo. Las hojas se esparcieron sobre el césped. Algunas volaron con el viento. No puedo creer que me hagas esto. Después de todo lo que hice por ti, te cuidé cuando mamá murió. Te llevé al doctor, pagué tus medicinas, gritaba fuera de control. Los residentes nos rodeaban ahora. Don Jacinto, doña Tere, otros tres ancianos, Lupita, todos escuchaban, todos veían.

Marcela estaba siendo humillada públicamente, como ella me humilló a mí hace una semana. Sonreí apenas. ¿Qué hiciste por mí, Marcela? ¿Llevarme al doctor dos veces al año? ¿Pagarme medicinas con mi propio dinero? ¿Eso todo? Yo te di 80 años de mi vida, construí un negocio desde cero. Levanté 11 asilos. Compré propiedades, acumulé fortuna. ¿Para qué? Para que me llamaras estorbo. Para que me dejaras aquí como basura. No, Marcela, tu herencia no era el dinero, era el respeto, el amor, la compañía.

Y tú no me diste nada de eso. Mi voz salió firme, sin gritar, pero clara. Marcela respiraba agitado, sus manos temblaban. Yo soy feliz aquí, continué, rodeado de gente que sí valora la dignidad, que sí entiende lo que es el respeto. Don Jacinto, doña Tere, Lupita, ellos son mi familia ahora, no tú. Marcela recogió su teléfono del suelo, metió su celular en el bolso, sus manos temblaban. Estaba derrotada. Lo sabía. Yo lo sabía, todos lo sabían. Esto no se va a quedar así, dijo entre dientes.

Su voz salió quebrada, débil, sin convicción. Tienes razón, respondí. No se va a quedar así. se va a quedar mejor porque mi dinero está sirviendo para algo real, para algo que vale la pena y tú no podrás hacer nada al respecto. Marcela me miró una última vez, sus ojos llenos de lágrimas, de rabia, de derrota. Luego dio media vuelta, caminó hacia el portón, rápido, sin despedirse, sin voltear. Todos la vimos irse. Marcela se detuvo antes de llegar al portón.

Se dio la vuelta, caminó de regreso hacia mí, más despacio. Sus pasos ya no eran furiosos, eran inseguros. Llegó frente a la banca, se sentó a mi lado sin mirarme, con la vista fija en el suelo. Papá, su voz salió quebrada, suave. Perdóname, no quise decir eso. Estaba estresada. Tengo muchas deudas, problemas con el banco. Pensé que Pensé que podía contar contigo. Hubo lágrimas en su rostro, genuinas o manipulación. No lo sé. Ya no me importaba. La miré en silencio.

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