“Feliz cumpleaños, te vas al asilo”, dijo. Callé. No sabía que yo era el dueño del lugar…

Esperé a que terminara. Devuélveme algo, lo que sea, aunque sea la casa, por favor. Soy tu hija, tu única hija. Extendió su mano hacia la mía. Yo no la tomé. Marcela, tuviste 80 años para valorarme, 80 años para mostrarme respeto, para acompañarme, para estar presente. Elegiste no hacerlo. Elegiste verme como un estorbo, como un obstáculo, como algo que te quitaba espacio. Mi voz salió calmada, sin rabia, solo con tristeza. Y ahora que el dinero se fue, ahora que ya no hay nada que tomar, ahora vienes a pedirme perdón, ¿qué quieres que haga con eso?

Marcela soyzó, se tapó la cara con las manos. Papá, por favor, no me hagas esto. Soy tu sangre, tu familia. No puedes dejarme sin nada. Saqué mi cartera del bolsillo del pantalón, la abrí. Adentro había una fotografía vieja, amarillenta, Marcela de 5 años, vestido blanco, sonrisa enorme, tomada de mi mano en el jardín de la casa. Tiempos felices, tiempos que ya no existían. La sostuve entre mis dedos, la miré, sentí un nudo en la garganta, pero no cedí.

Eres mi hija, pero el respeto no se ruega, se gana y tú lo perdiste. La casa ahora servirá a ancianos sin familia como yo. El dinero ahora ayuda a quienes realmente lo necesitan, no a quien me humilló en el día más importante de mi vida. Guardé la fotografía de nuevo en la cartera, la cerré, la metí en el bolsillo. Marcela me miró, sus ojos rojos, hinchados. Y yo, ¿qué? ¿Qué voy a hacer? ¿Dónde voy a vivir? Su voz sonaba desesperada, rota.

Yo respiré hondo. No lo sé, Marcela, pero eso ya no es mi responsabilidad. Fuiste tú quien decidió que yo estorbaba. Ahora tendrás que resolver tu vida sin mí. Marcela se puso de pie lentamente, como si le pesara el cuerpo. Tomó su bolso, sacó las llaves del auto, las sostuvo en la mano, temblaban. Luego me miró una última vez. De verdad, no hay nada que pueda hacer para que cambies de opinión. Su voz era un susurro, casi inaudible.

Negué con la cabeza. No, ya está hecho, ya está firmado, ya está donado y no me arrepiento. Las llaves cayeron de su mano, rebotaron en el concreto con un tintineo metálico. Ella se agachó, la recogió, se incorporó. Entonces, supongo que esto es un adiós. Asentí. Supongo que sí. Marcela caminó hacia el portón, sin correr, sin prisa, solo caminando, derrotada, sola. Don Jacinto se acercó a mí. Don Esteban, ¿está bien? Asentí. Sí, estoy bien. Doña Tere también se acercó.

Hizo lo correcto. A veces hay que poner límites, incluso con la familia. Sus palabras me reconfortaron, otros residentes asintieron. Lupita me miró desde la puerta con respeto, con comprensión. Marcela llegó al portón, lo empujó, salió, subió a su auto, arrancó. El ruido del motor se alejó hasta desaparecer. No volteó, no tocó la bocina, no hizo nada, solo se fue. Me quedé sentado en la banca, rodeado de ancianos, de personas que entendían lo que era ser abandonado, lo que era ser tratado como basura.

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