“Feliz cumpleaños, te vas al asilo”, dijo. Callé. No sabía que yo era el dueño del lugar…

Don Jacinto se sentó a mi lado. No fue fácil, lo sé. Pero usted es un hombre de honor, sonreí. Una sonrisa triste pero tranquila. Solo soy un hombre que aprendió a valorarse, que aprendió que la dignidad no se negocia ni siquiera con la familia. Doña Tere agregó, “Su hija tomó su decisión. Usted tomó la suya y la suya fue más digna. Asentí. Gracias. Sus palabras significan más de lo que creen. El atardecer llenó el jardín de luz dorada.

El sol bajaba tras las bugambilias. Las flores se veían moradas, oscuras, casi negras. El cielo estaba naranja, rojo, hermoso. Me quedé ahí sentado, observando, respirando, sintiendo. Por primera vez en años no sentía peso en el pecho, no sentía culpa, no sentía vacío. Sentía paz, una paz extraña, nueva. Don Jacinto y doña Terez se levantaron. Vamos a cenar, don Esteban, ¿nos acompaña? Asentí. En un momento quiero estar solo unos minutos. Ellos se fueron, me dejaron en la banca solo con mis pensamientos.

Subí a mi habitación cuando el sol ya se había ocultado. La luna empezaba a brillar. Encendí la veladora sobre la mesita de noche. Me senté en la cama. Miré por la ventana. Las estrellas aparecían una por una. Pensé en mi esposa, en cómo ella hubiera manejado esto. Probablemente me hubiera regañado. Esteban, es tu hija. Dale una oportunidad. Pero ella no estaba y la realidad era clara. Marcela no merecía otra oportunidad. No después de lo que hizo, no después de cómo me trató.

Saqué la fotografía de mi cartera, la de Marcela niña. La miré bajo la luz de la veladora. Hoy perdí a mi hija, dije en voz alta, para mí mismo, para la fotografía, para el silencio. Pero recuperé mi dignidad y di a cientos de abuelos una vida mejor, una oportunidad real, un trato digno. Guardé la fotografía en el cajón de la mesita junto al sobre Manila, junto a las Escrituras. Creo que fue el mejor cumpleaños de mi vida, aunque no lo parezca, porque aprendí que mi valor no depende de quien me desprecia, depende de mí.

Y hoy elegí valorarme. Apagué la veladora, me acosté, cerré los ojos y por primera vez en años dormí en paz. Tres meses después. El invierno llegó a Guadalajara. Las mañanas eran frescas, el sol tardaba en calentar. Yo seguía viviendo en la habitación 12B del asilo Villa Serena, pero mi vida había cambiado completamente. Ya no era el anciano abandonado que llegó ese sábado de octubre. Ahora era parte de una comunidad, una familia elegida. Don Jacinto y yo desayunábamos juntos todos los días.

Doña Tere me enseñó a cuidar las bugambilias del jardín. Otros residentes me saludaban por mi nombre. Me respetaban, no porque supieran que yo era el dueño, sino porque los trataba con dignidad. El director Bermúdez me trataba con respeto absoluto. Obedecía cada solicitud mía. Mejoró el trato hacia los residentes. Ya no gritaba, ya no apresuraba. Contratamos más enfermeras. Compramos nuevas sillas para el comedor, acolchonadas, cómodas. Reparamos el techo de la sala común. Pintamos las paredes de colores cálidos, crema, amarillo suave.

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