Yo también fui abandonado hace tres meses, pero aquí encontré algo mejor que familia de sangre. Encontré respeto. Ernesto me miró con los ojos húmedos. De verdad asentí. De verdad, aquí todos somos familia, no por obligación, sino por elección. Don Jacinto se acercó. Doña Tere también. Venga, don Ernesto, le mostramos el lugar y le presentamos a los demás. Lo rodearon, lo acompañaron. Ernesto sonrió apenas, tímido, pero sonríó. Vi cómo entraban al edificio. Sentí algo cálido en el pecho.
No era orgullo, era propósito. Yo había construido este lugar hace 30 años, pero solo ahora entendía su verdadero valor. No era un negocio, era un refugio, un hogar para quienes la familia había olvidado. Esa tarde, don Jacinto se sentó conmigo en la banca del jardín. Don Esteban, ¿alguna vez vio a su hija otra vez? Me preguntó con curiosidad. Yo negué con la cabeza. No, pero mandó una carta. Llegó hace tres días. Saqué un sobre de mi bolsillo blanco, sin abrir, con mi nombre escrito en letra cursiva, la letra de Marcela.
¿Y no la ha leído?, preguntó don Jacinto. Negué otra vez. No, aún no. Lo miré. Tal vez algún día, pero hoy estoy bien así. No necesito sus palabras, no necesito su perdón, solo necesito mi paz. Don Jacinto asintió. Es sabio, don Esteban, muy sabio. Doña Terez se unió a nosotros. Traía una maceta con geranios rojos. La colocó junto a la banca. Don Esteban, usted nos enseñó algo importante, que nunca es tarde para empezar de nuevo, para elegir nuestra propia familia, para vivir con dignidad.
Sonreí. Exacto, doña Tere, 80 años y apenas comienzo a vivir con dignidad, sin cargas, sin rencores, solo con lo que realmente importa. Ella me tocó el hombro, un gesto simple, pero lleno de afecto. Gracias por estar aquí. Hace que este lugar se sienta como hogar. Yo asentí. Gracias a ustedes también me dieron algo que mi propia hija no pudo darme. Respeto. El atardecer llenó el jardín de luz dorada. El sol bajaba lento tras las bugambilias. El cielo estaba naranja, rojizo, hermoso.
Algunos residentes jugaban dominó bajo la sombra. Otros caminaban despacio por el patio. Lupita regaba las plantas. El director Bermúdez observaba desde su oficina. Todo estaba en paz, en orden, en armonía. Cerré los ojos, respiré hondo. El aire fresco de diciembre llenó mis pulmones. Recordé una canción de José Alfredo Jiménez que mi padre cantaba. Que se quede el infinito sin estrellas o que pierda el ancho mar su inmensidad, pero el negro de tus ojos que no muera. Sonreí.
Esa canción hablaba de amor. Yo la apliqué a la dignidad. Abrí los ojos, miré a mi alrededor, a los ancianos que ahora eran mi familia, a las mejoras que mi dinero había financiado, a la paz que había encontrado. Y supe que había hecho lo correcto. A veces la familia que elegimos vale más que la que nos tocó. Aprendí que la dignidad no se regala, se defiende. Y si eso significa perder a alguien que no te valoraba, entonces no perdiste nada real. Hoy tengo una nueva familia y cada peso que di vale más que cualquier herencia desperdiciada.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
