“Feliz cumpleaños, te vas al asilo”, dijo. Callé. No sabía que yo era el dueño del lugar…

El sol de la tarde me daba en la cara. Hacía calor, pero yo sentía frío, un frío que venía de muy adentro. Empujé el portón, se abrió con un chirrido suave. Entré despacio. La banqueta daba paso a un camino de piedra que llevaba a la entrada principal del asilo. A ambos lados había jardines pequeños con flores moradas, bugambilias, las mismas que mi esposa plantaba en casa. Caminé hacia la puerta de vidrio. En la pared junto a la entrada había una placa de bronce.

Decía Villa Serena, fundado en 1994, Grupo inmobiliario Salazar. Sonreí apenas. Nadie me vio. Era mi apellido, mi empresa, mi asilo. Toqué el timbre. Una mujer joven con uniforme de enfermera abrió la puerta. Buenas tardes. ¿Es usted el señor Salazar? Su tono era amable, más amable que el de mi propia hija. Sí, Esteban Salazar, respondí con voz tranquila. Ella asintió y me hizo pasar. El director lo espera. Venga por aquí. Caminé detrás de ella, crucé el umbral con las maletas en las manos.

La puerta se cerró a mis espaldas. Escuché el click del seguro. No volteé, solo seguí caminando. El interior del asilo olía a desinfectante suave. Había un mostrador de madera barnizada al fondo. Detrás estaba un hombre de unos 50 años. Bigote fino, camisa blanca con bata de laboratorio encima, placa en el pecho. Lick, Bermúdez, director, me miró de arriba a abajo. Su expresión era condescendiente, como si yo fuera un problema más en su lista. Bienvenido, señor. Aquí seguimos reglas.

Nada de quejas. ¿Entendido? Asentí. Entendido. Mi voz salió calmada. Él no sabía con quién hablaba. Bermúdez me entregó un formulario y un bolígrafo. Llene esto, nombre completo, edad, contacto de emergencia. Lo llené en silencio. Escribí mi nombre. Esteban Salazar Mendoza. Edad, 80 años. Contacto ninguno. Marcela ya no contaba. Devolví la hoja. El director la revisó rápido. Habitación 12B. Segunda planta. Lupita lo acompaña. La enfermera joven tomó una llave del tablero. Me hizo señas para seguirla. Caminé detrás de ella.

Subimos las escaleras. Llegamos a un pasillo largo con puertas numeradas. Ella abrió la 12B. Entré. Dejé las maletas junto a la cama. La puerta se cerró detrás de mí. Me quedé solo. Toqué otra vez el bolsillo de mi saco. El sobre seguía ahí. Sonreí. Mañana todo cambiaría. Esa tarde me quedé sentado en la cama de la habitación 12B. Era un cuarto pequeño, cama individual con colcha blanca, mesita de noche con lámpara, una silla de madera junto a la ventana, nada más.

Miré por la ventana, daba al patio interior. Había bugambilias moradas y una banca de madera bajo la sombra. Algunos ancianos caminaban despacio por el jardín, otros estaban sentados en silencio. Me pregunté cuántos de ellos habían sido abandonados como yo, cuántos hijos prometieron algo y cumplieron otra cosa. Abrí una de las maletas que Marcela había empacado. Saqué mis camisas, tres pantalones, mis zapatos de vestir. Todo estaba doblado con prisa, sin cuidado, como si ella quisiera olvidarse rápido de mí.

Guardé la ropa en el pequeño armario junto a la cama. Dejé el saco gris colgado. Toqué otra vez el bolsillo interno. El sobre manila seguía ahí doblado, seguro. Nadie lo había visto. Nadie lo vería hasta que yo decidiera. Respiré hondo. Sentí que el aire del asilo era distinto, más limpio de lo que esperaba. Salí de la habitación. Caminé por el pasillo hacia las escaleras. Quería conocer el lugar. Quería ver con mis propios ojos cómo funcionaba Villa Serena.

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