“Feliz cumpleaños, te vas al asilo”, dijo. Callé. No sabía que yo era el dueño del lugar…

Bajé despacio. Las escaleras tenían pasamanos firmes. El piso estaba limpio, las paredes pintadas de color crema, todo se veía bien mantenido. Llegué a la planta baja, crucé el recibidor y entonces la vi en la pared junto al mostrador de recepción, una placa dorada, grande con letras grabadas. Grupo inmobiliario Salazar, compromiso y dignidad. Sonreí apenas. Nadie lo notó. El director Bermúdez estaba detrás del mostrador, revisaba papeles. Levantó la vista cuando me vio pasar. Señor Salazar, ¿necesita algo? Su tono seguía siendo condescendiente, como si hablara con un niño.

Solo quería caminar un poco, conocer el lugar. Respondí con calma. Él asintió sin interés. Las visitas son los domingos de 10 a 12. Nada de escándalos, nada de quejas. Aquí todo funciona con orden. Lo miré a los ojos. ¿Entendido? Mi voz salió tranquila. Él no sabía que yo había escrito esas mismas reglas 30 años atrás. Caminé hacia el comedor. Era un espacio amplio con mesas largas, manteles de plástico, sillas de metal con respaldo acolchonado, olor a comida recién preparada.

Algunos residentes ya estaban cenando. Observé las bandejas, caldo de pollo, tortillas, agua, comida sencilla pero digna. Me senté en una mesa vacía junto a la ventana. Una señora mayor se acercó. ¿Eres nuevo?”, preguntó con voz suave. “Sí, llegué hoy.” Ella asintió. “Yo soy doña Tere. Llevo aquí dos años. No está mal. La comida es buena y el director no molesta mucho.” En ese momento entró Bermúdez al comedor. Pasó entre las mesas con prisa, miró su reloj. “Coman rápido, no tenemos todo el día.

A las 8 se apagan las luces.” Su voz sonaba dura, autoritaria. Algunos ancianos bajaron la cabeza, siguieron comiendo en silencio. Yo solo observé, vi como el director salía del comedor sin despedirse, sin sonreír, sin mostrar respeto. Algo se movió dentro de mí, una mezcla de tristeza y decisión. Ese hombre trabajaba en mi asilo y trataba a los residentes como si fueran un estorbo. Una enfermera joven se acercó a mi mesa. Era la misma que me había abierto la puerta al llegar.

Señor Salazar, ¿necesita algo? Su voz era distinta, más respetuosa, más cálida. La miré. Tenía el cabello negro recogido en una cola, uniforme blanco impecable, placa en el pecho. Enfermera Lupita. No, gracias, estoy bien, respondí. Ella sonrió apenas. Si necesita cualquier cosa, solo avíseme. Yo estoy en el turno de la tarde. Hubo algo en su tono, algo que me hizo pensar que ella sabía más de lo que decía. Regresé a mi habitación después de cenar. Cerré la puerta, me senté en la cama, saqué el sobre manila del bolsillo interno de mi saco, lo sostuve con ambas manos.

Era viejo, amarillento, pero el contenido seguía intacto. Lo abrí despacio. Adentro había un documento, escritura pública, sellos oficiales, letras claras, leí en voz baja, escritura pública número 4728. Asilo Villaserena, propietario Esteban Salazar Mendoza. Pasé los dedos sobre las letras. Sentí el relieve del sello notarial. Este documento era mi prueba, mi arma silenciosa. Guardé la escritura de nuevo en el sobre. Lo doblé con cuidado. Lo coloqué sobre la mesita de noche junto a la lámpara. Saqué de mi cartera una fotografía vieja.

Era de hace 30 años. Yo estaba frente a un terreno valdío, casco de construcción en mano, sonrisa en el rostro. Detrás de mí se veía el inicio de la obra, la primera pared de Villa Serena. Construí este lugar con mis propias manos, con mi dinero, con mi esfuerzo, y ahora mi propia hija me dejaba aquí sin saber que yo era el dueño. ¿Ustedes creen que fue justo? Me puse el pijama, apagué la luz, me acosté en la cama.

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