La luna entraba por la ventana, iluminaba el sobre manila sobre la mesita. Lo miré fijamente. Mañana hablaría con el director. Mañana le mostraría quién era yo. Mañana todo cambiaría. Cerré los ojos. Respiré hondo. Por primera vez en años sentí algo parecido a la paz. No porque estuviera en un asilo, sino porque había recuperado el control. Adentro de ese sobre estaba el documento que cambiaría todo. Esa noche bajé al comedor a las 7. El lugar estaba lleno. Ancianos sentados en mesas largas.
Algunos conversaban en voz baja. Otros comían en silencio. Me senté en una mesa junto a la ventana, la misma donde había estado en la tarde. Una enfermera me trajo una bandeja. Caldo de pollo con zanahoria, tres tortillas calientes, un vaso de agua, olor a cilantro fresco, comida simple pero bien hecha. Probé caldo, estaba caliente, tenía buen sabor, mejor de lo que esperaba para un asilo. Un hombre mayor se sentó frente a mí, cabello blanco, calvicie en la parte de arriba, arrugas profundas en el rostro, manos manchadas por la edad.
Buenas noches, soy don Jacinto. ¿Usted es nuevo? Su voz era cansada, pero amable. Sí, llegué hoy. Me llamo Esteban. Él asintió. Bienvenido. Yo llevo aquí 3 años. Al principio cuesta, pero uno se acostumbra. Tomó su cuchara y empezó a comer. Yo seguí observando. Quería conocer a las personas que vivían en mi asilo. Quería saber cómo las trataban. Don Jacinto habló entre cucharadas. Dicen que el dueño de estos asilos vive en Guadalajara, pero nadie lo conoce. Nunca viene, solo manda gerentes y contadores a revisar.
Nosotros solo vemos al director Bermúdez. Sentí un nudo en el pecho. Pensé, pues esta vez sí vine, pero no como visitante, vine como residente y nadie lo sabe. El dueño nunca ha venido, pregunté con curiosidad fingida. Don Jacinto negó con la cabeza. Nunca. Dicen que es un hombre mayor, rico, que tiene muchos negocios, pero para él somos solo números. En ese momento entró el director Bermúdez. Caminaba entre las mesas con pasos rápidos, revisaba su reloj, miraba a los residentes como si fueran una molestia.
“Coman rápido, no tenemos todo el día. A las 8 apagamos las luces del comedor.” Su voz sonaba dura, seca, sin respeto. Algunos ancianos se apresuraron, otros bajaron la cabeza. “Don Jacinto”, murmuró, “Siempre es así. Trata este lugar como si fuera un cuartel, no un hogar. Yo no dije nada, solo observé, guardé cada detalle en mi memoria. Mañana todo cambiaría. Terminé de cenar. Me despedí de don Jacinto. Subí las escaleras hacia mi habitación. El pasillo estaba en silencio.
Solo se escuchaba el ruido lejano de la televisión en la sala común. Entré al cuarto 12b, cerré la puerta, encendí la veladora que estaba sobre la mesita de noche. La luz tenue llenó el espacio. Me senté en la cama, saqué el sobre manila, lo abrí despacio. El documento estaba ahí, intacto, esperando su momento. Lo sostuve con ambas manos. Sentí el peso de 30 años de trabajo. Desdoblé la escritura, la acerqué a la luz de la veladora. Leí en voz baja.
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