Escritura pública número 4728. Asilo Villa Serena, Zapopan, Jalisco. Propietario Esteban Salazar Mendoza. Pasé los dedos sobre las letras, sobre el sello notarial, sobre mi nombre. Este documento era mi prueba. Yo construí este lugar. Yo pagué cada ladrillo, cada ventana, cada cama. Y ahora mi propia hija me había dejado aquí pensando que era un lugar cualquiera. ¿Ustedes creen que ella merecía saber la verdad? Guardé la escritura de nuevo en el sobre, lo dejé sobre la mesita. Saqué mi cartera.
Adentro había una fotografía vieja. Era de 1993. Yo tenía 53 años. Estaba parado frente a un terreno vacío, casco amarillo en la cabeza, planos enrollados bajo el brazo. Detrás de mí se veía el inicio de la construcción. La primera pared de Villa Serena. Sonreía en esa foto. Tenía esperanza. Tenía un propósito. Quería construir un lugar digno para los ancianos. Un lugar donde fueran tratados con respeto, con amor, no con prisa. Me puse de pie. Caminé hacia la ventana, abrí la cortina.
La luna iluminaba el patio interior. Las bugambilias se veían moradas bajo la luz plateada. Recordé a mi esposa. Ella también amaba las bugambilias. Las plantaba en el jardín de nuestra casa. Me decía, “Esteban, estas flores son fuertes. Resisten el sol y la sequía como tú.” Sonreí con tristeza. Ella murió hace 5 años. Y desde entonces Marcela cambió. se volvió fría, impaciente, ambiciosa. Solo esperaba que yo muriera para quedarse con todo, pero yo no estaba muerto y aún tenía poder.
Me quité el saco gris, lo colgué en el respaldo de la silla, luego me lo volví a poner, aunque era de noche, aunque nadie me vería, necesitaba sentir el peso del sobre en el bolsillo. Necesitaba recordar quién era yo. No un anciano abandonado, sino el dueño de este lugar, el fundador, el hombre que construyó 11 asilos en todo México. Toqué el timbre junto a la cama. Esperé. A los pocos minutos llegó la enfermera, Lupita. Señor Salazar, ¿necesita algo?
Su tono era respetuoso, diferente al del director. Sí, necesito hablar con el director Bermúdez mañana a primera hora. Es urgente. Lupita me miró con atención, pareció dudar un segundo, luego asintió. Le diré, ¿puedo preguntar de qué se trata? Su voz era curiosa, pero amable. Es algo personal, pero importante. Dígale que es urgente. Ella asintió otra vez. Le aviso en cuanto llegue mañana temprano. Salió de la habitación, cerró la puerta. Me quedé solo. Miré el sobre Manila sobre la mesita.
Mañana el director sabría quién soy. Mañana todo cambiaría y Villa Serena nunca volvería a ser la misma. Al día siguiente desperté a las 7 de la mañana. La luz entraba por la ventana. Domingo, día tranquilo en el asilo. Me puse el saco gris, la camisa clara, pantalón de vestir. Me peiné frente al espejo pequeño que había junto al armario. Quería verme como el hombre que era, no como el anciano abandonado que Marcela dejó. Ayer toqué el bolsillo interno del saco.
El sobre Manila estaba ahí junto con algo más. Una credencial laminada que guardaba desde hace años. Hoy la usaría. Bajé al comedor, desayuné solo. Pan dulce, café con leche. Algunos residentes me saludaron. Don Jacinto levantó la mano desde su mesa. Yo respondí con un gesto. A las 8:20 subí de nuevo a mi habitación. Tomé el sobre Manila, lo guardé bajo el brazo. Respiré hondo. Bajé otra vez, crucé el recibidor. La enfermera Lupita estaba en la recepción. Señor Salazar, el director lo espera en su oficina.
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