“Feliz cumpleaños, te vas al asilo”, dijo. Callé. No sabía que yo era el dueño del lugar…

Segundo piso, puerta al fondo del pasillo. Asentí. Gracias. Ella me miró con algo parecido a la curiosidad, como si supiera que algo importante estaba por pasar. Subí las escaleras despacio, llegué al segundo piso. El pasillo estaba vacío. Solo se escuchaba el zumbido de una lámpara fluorescente. Caminé hasta el fondo. Toqué la puerta de madera con placa metálica. Dirección: una voz desde adentro dijo, “Adelante.” Empujé la puerta. Entré. La oficina era pequeña, escritorio de metal con computadora vieja, diplomas en la pared, algunos parecían falsos, ventana con vista al patio.

El director Bermúdez estaba sentado detrás del escritorio, taza de café humeante en la mano. Me miró con desdén. ¿Qué se le ofrece, don? No terminó la frase, como si no recordara mi nombre como si no le importara. Me senté en la silla frente al escritorio sin que me lo pidiera. Coloqué el sobre manila sobre mis piernas. Buenos días, director. Gracias por recibirme. Mi voz salió calmada. Él dejó la taza sobre el escritorio. Tiene 5 minutos. Estoy ocupado.

Si tiene alguna queja, puede llenar un formulario en recepción. Su tono era el mismo de ayer, autoritario, condescendiente. Sonreí apenas. No es una queja, es algo que necesito que vea. Abrí el sobre Manila, saqué la escritura doblada, la desdoblé despacio con cuidado, como si fuera una reliquia. La coloqué sobre el escritorio del director frente a él. Las letras del documento quedaron visibles. Él miró el papel con aburrimiento. Luego empezó a leer. Sus ojos se movieron de izquierda a derecha una vez, dos veces.

Su rostro cambió. La arrogancia se desvaneció. La piel se puso pálida, los labios se abrieron sin emitir sonido. Escritura pública. Así lo Villa Serena. Propietario Esteban Salazar Mendoza. leyó en voz baja tartamudeando. Usted, usted es. Metí la mano en el bolsillo interno de mi saco. Saqué una credencial laminada, vieja pero intacta. La coloqué junto a la escritura sobre el escritorio. La credencial tenía mi fotografía de hace 10 años y letras grabadas en Dorado. Esteban Salazar Mendoza, fundador y presidente.

Grupo inmobiliario Salazar. El director miró la credencial, luego la escritura, luego la placa en la pared de la recepción que había visto ayer. Su rostro palideció aún más. La taza de café en su mano empezó a temblar. se inclinó para dejarla sobre el escritorio, pero la taza cayó. El café se derramó sobre los papeles. Él no se movió. Soy Esteban Salazar, dueño de Villa Serena y otros 11 asilos de este grupo en todo México. Dije las palabras con calma, sin levantar la voz, sin enojo, solo con firmeza.

El director Bermúdez se puso de pie, casi tropezó con su silla, dio dos pasos hacia atrás, luego se inclinó como si fuera a arrodillarse. Señor Salazar, yo yo no sabía nunca nunca lo había visto en persona. Perdone mi trato de ayer, perdone todo. Yo no imaginé que usted su voz temblaba, balbuceaba, las palabras no le salían completas. Levanté la mano, un gesto suave pero firme. Silencio. El director se cayó al instante. Me miró con los ojos abiertos con miedo.

Usted no sabía. Lo entiendo. La empresa es grande. Yo nunca vine a los asilos como propietario. Solo enviaba gerentes y contadores. Pero ahora estoy aquí y vine porque mi propia hija me abandonó en este lugar. Hice una pausa. Dejé que las palabras pesaran en el aire y lo que vi ayer no me gustó. El trato que usted da a los residentes no es el que yo esperaba. ¿Ustedes creen que un anciano merece ser tratado con prisa y desprecio?

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.