“Feliz cumpleaños, te vas al asilo”, dijo. Callé. No sabía que yo era el dueño del lugar…

Montoya guardó silencio. Luego habló. Liquidar. ¿Qué exactamente, señor Salazar? Su voz sonaba confundida. Todo. Acciones, propiedades comerciales, cuentas bancarias, todo lo que esté a mi nombre. Quiero convertirlo en efectivo y luego quiero donarlo. Otro silencio más largo. Donarlo. ¿A quién está seguro de lo que me está pidiendo? Su tono ahora era preocupado, casi alarmado. Yo respiré hondo. Miré la carpeta azul sobre la mesita. Estoy seguro. Nunca he estado tan seguro de algo en mi vida. ¿Y su hija Marcela?

Preguntó Montoya. Su voz sonaba cautelosa, como si pisara terreno peligroso. Ella sabe de esto. Una risa amarga salió de mi garganta. Mi hija me dejó ayer en un asilo. Me dijo que yo estorbaba, que era viejo, que quitaba espacio. Lo dijo en mi cumpleaños 80. ¿Usted cree que ella merece mi fortuna? Montoya no respondió de inmediato. Escuché su respiración al otro lado de la línea. Señor Salazar, entiendo su dolor, pero estamos hablando de millones de pesos, de propiedades, de su patrimonio completo.

¿Estás seguro? Completamente seguro. Mi hija ya tomó su decisión. Yo tomo la mía. Quiero que mi dinero sirva a quienes sí lo necesitan, a ancianos sin familia, a fundaciones que cuidan de ellos, a instituciones que dan dignidad, no a alguien que me humilló. Mi voz salió firme. Sin duda. Montoya suspiró. Está bien. Haré lo que usted me pida, pero necesito que venga a la oficina para firmar documentos o puedo llevarlos al asilo si prefiere. Pensé un momento, no, yo iré, pero mañana.

Hoy quiero que empiece a preparar todo. Haga una lista de fundaciones legales, de instituciones serias que trabajen con ancianos. Entendido. Lo haré hoy mismo, pero hay algo que debo advertirle. Montoya hizo una pausa. Su hija Marcela tiene acceso a los estados de cuenta como contacto de emergencia. Usted la autorizó hace 5 años cuando murió su esposa. En cuanto empiecen a moverse grandes cantidades de dinero, ella lo verá y probablemente vendrá a buscarlo. Sonreí. Una sonrisa fría. Que los vea.

Que venga. Para entonces ya será tarde. Quiero que todo esté transferido en una semana. ¿Es posible? Montoya dudó. Es rápido, pero con su autorización y firma digital. Sí. Es posible. Perfecto. Entonces, empecemos hoy. Prepare los documentos. Mañana firmo todo. Quiero donar las acciones del grupo inmobiliario, las propiedades comerciales en Guadalajara y Monterrey, las cuentas de inversión, todo. Solo déjeme una pensión mensual para mis gastos personales. El resto va a fundaciones. Montoya tomó notas. Escuché el tecleo de su computadora y la casa familiar en la colonia americana, preguntó mi corazón dio un vuelco.

Esa casa era donde crecí, donde viví con mi esposa, donde nació Marcela, pero Marcela ya no merecía esa casa. También dónela a una fundación de vivienda para abuelos que sirva. Colgué el teléfono, me quedé sentado en la cama con el celular en la mano, con la carpeta azul a mi lado. Sentí algo extraño. No era tristeza, no era enojo, era liberación. Durante 80 años construí un imperio. Levanté negocios, compré propiedades, acumulé dinero. ¿Para qué? para que mi hija me llamara estorbo, para que me abandonara en mi propio asilo sin saberlo.

No, ese dinero serviría mejor en manos de quienes realmente lo necesitaban, en manos de ancianos como don Jacinto, como doña Tere, como los 15 nombres de esa carpeta azul. Esa tarde salí al jardín del asilo. Me senté en la banca bajo las bugambilias. El sol empezaba a bajar, la luz dorada bañaba el patio. Algunos residentes caminaban despacio, otros conversaban. Vi a don Jacinto jugando dominó con otros tres ancianos. Reían, se burlaban entre ellos. Tenían poco, pero tenían compañía, tenían dignidad.

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