Yo podía darles más, no con lástima, sino con justicia. Cerré los ojos, respiré el aire tibio de la tarde. Mañana firmaría los documentos. En una semana mi fortuna estaría en manos de fundaciones y Marcela no tendría nada, absolutamente nada. Esa semana salí del asilo por primera vez. Lunes por la mañana le pedí al director Bermúdez que llamara un taxi. Voy al centro, a mi oficina. Él no preguntó nada, solo asintió y marcó el número. El taxi llegó en 15 minutos.
Subí, di la dirección. Avenida Chapultepec, edificio corporativo del grupo inmobiliario Salazar. El chóer me miró por el espejo retrovisor. Van a hacer trámites. Asentí. Algo así. No dije más. El trayecto duró 25 minutos. Cuando llegamos bajé, pagué, levanté la vista hacia el edificio de cristal, mi edificio. Subí al piso 11. La recepcionista me reconoció. Señor Salazar, qué sorpresa verlo. El licenciado Montoya lo espera. Me condujo a la oficina del fondo. Montoya estaba de pie junto a su escritorio.
Traje gris oscuro, corbata azul. Expresión seria. Señor Salazar, bienvenido. Tengo todo listo. Sobre el escritorio había carpetas, documentos, contratos, una laptop encendida mostrando cifras, números grandes, mi fortuna completa desplegada en pantalla. Me senté, respiré hondo. Empecemos. Montoya sacó una pluma. Aquí está la primera escritura de donación. Casa hogar del anciano desprotegido. Guadalajara. 5 millones de pesos. Firmé sin dudar. La pluma se deslizó sobre el papel. Mi nombre quedó estampado. Esteban Salazar Mendoza. Montoya selló el documento. Guardó copia.
Ya está. La transferencia se hará hoy mismo. ¿Quiere estar presente cuando entreguemos el cheque? Asentí. Sí, quiero ver sus rostros. Salimos de la oficina una hora después. Tomamos el auto de Montoya, condujimos hacia el sur de Guadalajara, llegamos a una casa vieja pintada de blanco. Letrero en la puerta, casa hogar del anciano desprotegido. Tocamos el timbre. Un hombre de unos 60 años abrió. Camisa a cuadros. Pantalón de mezclilla. Licenciado Montoya, pase. Entramos a una sala pequeña. Muebles viejos, paredes con humedad.
Olor a comida recién hecha. El hombre nos ofreció asiento. Soy el director. Me llamo Armando. ¿En qué puedo ayudarlos? Montoya sacó un sobre de su portafolio. Adentro había un cheque. Lo colocó sobre la mesa. Don Armando. El señor Esteban Salazar ha decidido hacer una donación a su institución. Aquí está el cheque, 5 millones de pesos. El hombre miró el cheque, luego a mí, luego otra vez el cheque. Sus manos temblaron. Cinco, 5 millones. Su voz se quebró.
Asintió varias veces, luego empezó a llorar. Don Armando se tapó la cara con las manos, los hombros le temblaban. No saben lo que esto significa. Llevamos 3 años sin poder reparar el techo, sin comprar medicinas, sin pagar sueldos completos. Esto, esto nos salva, literalmente nos salva. Se puso de pie, me extendió la mano, yo la estreché. Gracias, señor Salazar. No tengo palabras, solo gracias. Sentí algo caliente en el pecho. No era orgullo, era alivio. Mi dinero por fin serviría para algo real, para algo digno, no para una hija ingrata.
Salimos de la casa hogar. Montoya condujo de regreso al centro. “Ve, ¿por qué hago esto?”, le pregunté. Él asintió. “Sí, ahora lo veo. El martes firmé la segunda donación. 8 millones de pesos. Fundación Proabuelos sin familia, organización nacional con sedes en 10 estados. Montoya me llevó a sus oficinas, edificio modesto en el centro de Guadalajara. nos recibió una mujer de 50 años. Traje sastre negro, gafas de pasta. Señor Salazar, es un honor conocerlo. Soy la directora general de la fundación.
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