Salimos de la casa hogar. Montoya condujo de regreso al centro. “Ve, ¿por qué hago esto?”, le pregunté. Él asintió. “Sí, ahora lo veo. El martes firmé la segunda donación. 8 millones de pesos. Fundación Proabuelos sin familia, organización nacional con sedes en 10 estados. Montoya me llevó a sus oficinas, edificio modesto en el centro de Guadalajara. nos recibió una mujer de 50 años. Traje sastre negro, gafas de pasta. Señor Salazar, es un honor conocerlo. Soy la directora general de la fundación.
Le entregué personalmente el cheque. Ella lo leyó. Sus ojos se humedecieron. Esto cambiará la vida de cientos de ancianos en todo México. Podremos abrir tres refugios nuevos, contratar personal médico, comprar equipo. Me dio un abrazo. Yo lo recibí. ¿Ustedes creen que Marcela me hubiera abrazado así? El miércoles transferí propiedades, tres locales comerciales en el centro de Guadalajara, dos terrenos en Zapopan, todo a nombre del Patronato de Asilos Públicos de Jalisco. Montoya gestionó las escrituras. Fuimos a la notaría.
Firmé frente al notario. Sellos oficiales, testigos, todo en regla. El representante del patronato era un hombre de 70 años, jubilado, voluntario. Señor Salazar, estos terrenos nos permitirán construir dos asilos nuevos, gratuitos para ancianos en extrema pobreza. Estreché su mano. Úselos bien. Esa es mi única condición. Él asintió. Lo haremos, se lo prometo. Salimos de la notaría. Montoya me miró. Ya donó más de 20 millones de pesos en tr días. ¿Estás seguro de seguir? Completamente seguro, respondí. Regresamos a la oficina.
Montoya abrió la laptop. Me mostró los saldos bancarios. Las cuentas estaban bajando rápido. Números rojos en la pantalla. Transferencias completadas. Mi fortuna desapareciendo, convertida en esperanza para otros, en dignidad para ancianos, en justicia silenciosa. Montoya guardó silencio, luego habló. Señor Salazar, debo advertirle algo. Su hija tiene acceso a estos estados de cuenta como contacto de emergencia. En cualquier momento verá los movimientos y cuando lo haga, probablemente vendrá furiosa. Sonreí. una sonrisa tranquila que los vea. Ya es tarde para detenerlo.
Todo está firmado, sellado, legal. No podrá revertir nada. El jueves por la tarde estábamos en la oficina revisando los últimos documentos. Faltaban dos donaciones más, la casa familiar y las acciones del grupo inmobiliario. Montoya tecleaba en su laptop, yo observaba por la ventana. El cielo de Guadalajara estaba despejado, azul intenso. De pronto, el teléfono de Montoya sonó. Él miró la pantalla, su rostro cambió. Es mi secretaria, contestó. Escuchó. Su expresión se tensó. Entendido. Dile que espere. Colgó.
Me miró. Señor Salazar. La señora Marcela Salazar está en línea. Dice que necesita hablar con usted de inmediato. Parece furiosa. Exige saber qué está pasando con las cuentas. Sonreí. Una sonrisa fría, calmada. Dígale que estoy ocupado, que si quiere verme que venga a la Silovilla Serena, ahí estaré. Montoya dudó. ¿Estás seguro? Ella puede venir hoy mismo asentí. Perfecto, que venga. Para entonces ya habré firmado las últimas donaciones. Ya no habrá nada que reclamar, absolutamente nada. Montoya marcó el número de su secretaria, repitió mis palabras, colgó, me miró con algo parecido al respeto.
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