Señor Salazar, bienvenido de vuelta. Sonreí. Gracias, Lupita. Subí a mi habitación. Guardé la carpeta en el armario junto al sobre Manila. Junto a mis pruebas. Me senté en la cama. Respiré hondo. Todo estaba hecho. Bajé al comedor a cenar. Don Jacinto me saludó desde su mesa. Don Esteban. Lo vi salir esta semana. Todo bien. Asentí. Sí, solo asuntos personales. Me senté con él. Cenamos juntos. Caldo de verduras, pan integral, agua de Jamaica. Conversamos sobre cosas simples, el clima, las noticias, la comida.
Don Jacinto no sabía quién era yo. No sabía que yo era el dueño del lugar. No sabía que acababa de donar toda mi fortuna. Para él yo era solo otro anciano abandonado y en cierto modo lo era, pero también era libre, libre de la carga de una hija ingrata. El sábado desperté temprano, día 6 de esa semana, desayuné en el comedor, café con pan dulce. Luego salí al jardín, me senté en la banca bajo las bugambilias. El sol de la mañana calentaba mi rostro.
Algunos residentes caminaban por el patio, otros regaban las plantas. Paz, silencio, dignidad. Cerré los ojos, respiré el aire fresco. Por primera vez en años me sentía tranquilo, no porque tuviera dinero, sino porque ya no lo tenía, porque había hecho lo correcto, porque mi fortuna ahora servía para algo real, para algo que valía la pena. A las 11 de la mañana escuché un ruido fuerte, un auto frenando bruscamente. Abrí los ojos, miré hacia el portón de entrada. Un auto sedán gris se detuvo frente a la reja.
Reconocí el modelo. Era el auto de Marcela. La puerta se abrió. Ella bajó. Cabello suelto, blusa blanca, pantalón negro, lentes de sol sobre la cabeza, rostro tenso, furioso. Caminó hacia el portón, lo empujó con fuerza, entró al asilo. Sus pasos eran rápidos, decididos. Venía por mí, pero yo estaba listo, más listo que nunca. Me quedé sentado en la banca tranquilo esperando. Marcela entró al edificio principal. Desde el jardín escuché su voz alta, gritando, “¿Dónde está mi padre?
Necesito hablar con él ya.” El tono era de furia, de desesperación. El director Bermúdez salió de su oficina. Lo vi a través de las ventanas. Marcela lo encaró. ¿Dónde está Salazar? Dígame ahora. Bermúdez tartamudeó nervioso. Sabía quién era yo. Sabía que no debía revelar mi identidad. Está está con los demás residentes, señora, en el jardín. Marcela no esperó más. Caminó hacia la puerta que daba al patio, la empujó. Salió, me vio desde lejos. Sus ojos se clavaron en los míos, caminó hacia mí.
Pasos rápidos, furiosos. Llegó frente a la banca, me miró de arriba a abajo. Papá, ¿qué hiciste? ¿Qué demonios hiciste con el dinero? Su voz temblaba, no de tristeza, sino de rabia. Me quedé sentado, tranquilo, manos sobre las piernas. Hola, Marcela. Pensé que no volverías. Dijiste que yo estorbaba. Ella apretó los puños. No juegues conmigo. Vi los movimientos bancarios. Donaste millones. La casa. Las propiedades, todo. ¿Estás loco? Perdiste la cabeza. Sonreí apenas. No, la recuperé. Marcela sacó su teléfono celular del bolso, lo desbloqueó, me mostró la pantalla.
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