“Feliz cumpleaños, te vas al asilo”, dijo. Callé. No sabía que yo era el dueño del lugar…

Notificaciones bancarias. Transferencia menos 5 millones de pesos. Transferencia – 8 m000ones. Cuenta cerrada. Cuenta cerrada leyó en voz alta con furia. ¿Qué es esto? ¿Qué hiciste? Me puse de pie, despacio, con calma. Doné todo, cada peso, a fundaciones de ancianos como yo, a quienes sus familias abandonaron, como tú me abandonaste a mí. Sus ojos se abrieron. Esa era mi herencia. Trabajé toda mi vida esperando eso. No puedes hacer esto. La miré fijamente. Ya lo hice. Y no puedes revertirlo.

Marcela dio un paso hacia mí. Su rostro estaba rojo, descompuesto. Voy a demandar. Voy a impugnar todo. Estás senil. No estás en tus facultades mentales. Un juez anulará las donaciones. Me acerqué a ella, hablé bajito, con firmeza. Adelante, intenta, pero todo está en regla. Notario, testigos, abogado, fundaciones legales registradas y yo estoy en plenas facultades mentales. Pregúntale al director si quieres. Pregúntale a mi abogado. Pregúntale a cualquiera. Marcela me miró con odio. Puro odio. No puedo creer que me hagas esto después de todo lo que hice por ti.

Sonreí con tristeza. ¿Qué hiciste por mí, Marcela? Dejarme aquí en mi cumpleaños 80 llamándome estorbo. Marcela respiró hondo, intentó calmarse. Miró alrededor, vio a otros residentes en el jardín. Don Jacinto estaba sentado en otra banca. Doña Tere regaba las plantas. La enfermera Lupita observaba desde la puerta del edificio. Todos nos miraban. Marcela bajó la voz. Papá, hablemos adentro en privado, negué con la cabeza. No, aquí está bien. Lo que tengas que decir, dilo aquí. Ella apretó los labios frustrada, luego sacó su teléfono otra vez.

Quiero que me expliques esto. Cada transferencia, cada donación, ahora su tono era exigente, autoritario, como si aún tuviera control sobre mí. ¿Quieres explicaciones? Muy bien. Subí a mi habitación. Ella me siguió. Entramos al cuarto 12B. Saqué la carpeta del armario, la que Monto ya me había dado. Adentro estaban todas las copias, escrituras de donación, contratos, sellos notariales, todo en orden. Bajamos de nuevo al jardín. Marcela caminaba detrás de mí impaciente, furiosa. Nos sentamos en la banca, abrí la carpeta, aquí está todo.

Lee. Le extendí los documentos. Ella los tomó. Empezó a leer. Sus ojos se movían rápido. De izquierda a derecha. Su rostro cambiaba de color. Donación a casa hogar del anciano desprotegido, 5 millones de pesos. leyó en voz alta con incredulidad. Donación a Fundación Proabuelo sin familia, 8 millones, siguió leyendo. Transferencia de propiedades comerciales locales en Guadalajara, terrenos en Zapopan. Su voz temblaba. Donación de la casa familiar colonia americana a fundación de vivienda para abuelos. Dejó caer los papeles sobre sus piernas.

Me miró con los ojos llenos de lágrimas, pero no eran lágrimas de tristeza, eran de rabia, de impotencia. Donaste la casa, nuestra casa, la casa donde crecí. Su voz se quebró. Esa casa ya no era tuya, Marcela, era mía. y decidí que sirviera para algo mejor, para ancianos sin hogar, sin familia, como yo. Mi voz salió calmada, sin enojo, solo con firmeza. Marcela revisó su celular otra vez, leyó las notificaciones bancarias. Cuenta cerrada, saldo cero. Cuenta cerrada, saldo cero.

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