Y tú no me diste nada de eso. Mi voz salió firme, sin gritar, pero clara. Marcela respiraba agitado, sus manos temblaban. Yo soy feliz aquí, continué, rodeado de gente que sí valora la dignidad, que sí entiende lo que es el respeto. Don Jacinto, doña Tere, Lupita, ellos son mi familia ahora, no tú. Marcela recogió su teléfono del suelo, metió su celular en el bolso, sus manos temblaban. Estaba derrotada. Lo sabía. Yo lo sabía, todos lo sabían. Esto no se va a quedar así, dijo entre dientes.
Su voz salió quebrada, débil, sin convicción. Tienes razón, respondí. No se va a quedar así. se va a quedar mejor porque mi dinero está sirviendo para algo real, para algo que vale la pena y tú no podrás hacer nada al respecto. Marcela me miró una última vez, sus ojos llenos de lágrimas, de rabia, de derrota. Luego dio media vuelta, caminó hacia el portón, rápido, sin despedirse, sin voltear. Todos la vimos irse. Marcela se detuvo antes de llegar al portón.
Se dio la vuelta, caminó de regreso hacia mí, más despacio. Sus pasos ya no eran furiosos, eran inseguros. Llegó frente a la banca, se sentó a mi lado sin mirarme, con la vista fija en el suelo. Papá, su voz salió quebrada, suave. Perdóname, no quise decir eso. Estaba estresada. Tengo muchas deudas, problemas con el banco. Pensé que Pensé que podía contar contigo. Hubo lágrimas en su rostro, genuinas o manipulación. No lo sé. Ya no me importaba. La miré en silencio.
Esperé a que terminara. Devuélveme algo, lo que sea, aunque sea la casa, por favor. Soy tu hija, tu única hija. Extendió su mano hacia la mía. Yo no la tomé. Marcela, tuviste 80 años para valorarme, 80 años para mostrarme respeto, para acompañarme, para estar presente. Elegiste no hacerlo. Elegiste verme como un estorbo, como un obstáculo, como algo que te quitaba espacio. Mi voz salió calmada, sin rabia, solo con tristeza. Y ahora que el dinero se fue, ahora que ya no hay nada que tomar, ahora vienes a pedirme perdón, ¿qué quieres que haga con eso?
Marcela soyzó, se tapó la cara con las manos. Papá, por favor, no me hagas esto. Soy tu sangre, tu familia. No puedes dejarme sin nada. Saqué mi cartera del bolsillo del pantalón, la abrí. Adentro había una fotografía vieja, amarillenta, Marcela de 5 años, vestido blanco, sonrisa enorme, tomada de mi mano en el jardín de la casa. Tiempos felices, tiempos que ya no existían. La sostuve entre mis dedos, la miré, sentí un nudo en la garganta, pero no cedí.
Eres mi hija, pero el respeto no se ruega, se gana y tú lo perdiste. La casa ahora servirá a ancianos sin familia como yo. El dinero ahora ayuda a quienes realmente lo necesitan, no a quien me humilló en el día más importante de mi vida. Guardé la fotografía de nuevo en la cartera, la cerré, la metí en el bolsillo. Marcela me miró, sus ojos rojos, hinchados. Y yo, ¿qué? ¿Qué voy a hacer? ¿Dónde voy a vivir? Su voz sonaba desesperada, rota.
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