Yo respiré hondo. No lo sé, Marcela, pero eso ya no es mi responsabilidad. Fuiste tú quien decidió que yo estorbaba. Ahora tendrás que resolver tu vida sin mí. Marcela se puso de pie lentamente, como si le pesara el cuerpo. Tomó su bolso, sacó las llaves del auto, las sostuvo en la mano, temblaban. Luego me miró una última vez. De verdad, no hay nada que pueda hacer para que cambies de opinión. Su voz era un susurro, casi inaudible.
Negué con la cabeza. No, ya está hecho, ya está firmado, ya está donado y no me arrepiento. Las llaves cayeron de su mano, rebotaron en el concreto con un tintineo metálico. Ella se agachó, la recogió, se incorporó. Entonces, supongo que esto es un adiós. Asentí. Supongo que sí. Marcela caminó hacia el portón, sin correr, sin prisa, solo caminando, derrotada, sola. Don Jacinto se acercó a mí. Don Esteban, ¿está bien? Asentí. Sí, estoy bien. Doña Tere también se acercó.
Hizo lo correcto. A veces hay que poner límites, incluso con la familia. Sus palabras me reconfortaron, otros residentes asintieron. Lupita me miró desde la puerta con respeto, con comprensión. Marcela llegó al portón, lo empujó, salió, subió a su auto, arrancó. El ruido del motor se alejó hasta desaparecer. No volteó, no tocó la bocina, no hizo nada, solo se fue. Me quedé sentado en la banca, rodeado de ancianos, de personas que entendían lo que era ser abandonado, lo que era ser tratado como basura.
Don Jacinto se sentó a mi lado. No fue fácil, lo sé. Pero usted es un hombre de honor, sonreí. Una sonrisa triste pero tranquila. Solo soy un hombre que aprendió a valorarse, que aprendió que la dignidad no se negocia ni siquiera con la familia. Doña Tere agregó, “Su hija tomó su decisión. Usted tomó la suya y la suya fue más digna. Asentí. Gracias. Sus palabras significan más de lo que creen. El atardecer llenó el jardín de luz dorada.
El sol bajaba tras las bugambilias. Las flores se veían moradas, oscuras, casi negras. El cielo estaba naranja, rojo, hermoso. Me quedé ahí sentado, observando, respirando, sintiendo. Por primera vez en años no sentía peso en el pecho, no sentía culpa, no sentía vacío. Sentía paz, una paz extraña, nueva. Don Jacinto y doña Terez se levantaron. Vamos a cenar, don Esteban, ¿nos acompaña? Asentí. En un momento quiero estar solo unos minutos. Ellos se fueron, me dejaron en la banca solo con mis pensamientos.
Subí a mi habitación cuando el sol ya se había ocultado. La luna empezaba a brillar. Encendí la veladora sobre la mesita de noche. Me senté en la cama. Miré por la ventana. Las estrellas aparecían una por una. Pensé en mi esposa, en cómo ella hubiera manejado esto. Probablemente me hubiera regañado. Esteban, es tu hija. Dale una oportunidad. Pero ella no estaba y la realidad era clara. Marcela no merecía otra oportunidad. No después de lo que hizo, no después de cómo me trató.
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